martes, 29 de julio de 2014

Nos queda el amor

           Las teclas de este viejo ordenador huelen fatal, hasta un servidor si no se ducha y se restriega como Dios manda desprende un fétido olor de tanto escribir sobre corrupción.

            Da uno unas pocas de vueltas por todos y cada uno de los múltiples periódicos digitales que pueden verse en esta pequeña pantalla y la peste que echan, desde El País a Voz Pópuli, pasando por todas las ciénagas descomponen las pituitarias del más pintado.

            Y sin embargo el amor existe a pesar de los Pujol, del caso Gürtel, de los EREs, y de todos y cada uno de los cientos de casos esparcidos por este mercadeo de corruptores y corruptos, de ricos riquísimos y pobres pobrísimos; que sí, querid@s amig@s, que el amor existe.

            Pues si no existiese el amor los pobres habrían dado buena cuenta de toda esta plaga de sinvergüenzas que nos rodea, que conocemos y que viven como vampiros. Si el amor fuese una entelequia o una quimera cómo soportar tanta inmundicia que nos rodea y ahoga sin parecer que no nos importa.

            De ello se valen los pícaros, ladrones e indecentes; de ello se valen porque saben que en los corazones, es un decir, existe espacio para querer olvidar, y en las botellas líquido suficiente para olvidar del todo y esperar eternamente que la decencia -la justicia sabemos que es imposible- acampe y extienda su lona entre nosotros.

            Vergüenza poca, justicia menos, decencia ninguna y aquello por lo que se luchó, la democracia, ha quedado reducida a un comercio familiar y de amiguetes donde usted, yo y mi vecino, que por cierto las pasa canutas, no pintamos absolutamente nada.

            Pero nos salva el amor, no ya el perdón o la caridad, sino el amor entre tú y yo sin intermediarios de por medio. Me queda tu caricia que alivia el escozor de la mentira, tus labios que silencian en contacto con los míos la blasfemia de la avaricia, nuestros cuerpos unidos y encadenados que impiden que lo extraño nos posea.

            Es lo único que tenemos, ese cosquilleo que me incita a buscarte y encontrarme contigo en este maldito mundo oficial donde tan sólo se busca querer y tener más.

            Allá ellos, mientras vivamos nosotros nuestra rica pobreza en el tacto de nuestro encuentro.





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