domingo, 13 de julio de 2014

La niña de la lágrima petrificada



          Una ciudad sin espacios de riesgo y aventura es una ciudad muerta a la cultura, pero nadie agita el soplo. Los creyentes esperan el milagro y los osados crean asociaciones de las que se vanaglorian observando sus ombligos. Nada prende fuego, tan sólo “la hoguera de las vanidades” sigue fuerte y destructora.

           Alguien llora en una esquina, es una niña. Se aburre porque todo sigue siendo igual, machaconamente igual.

            La Universidad ha cerrado sus puertas con la llegada del verano, pero las universidades siempre tienen cerradas sus puertas a la sociedad; las delegaciones de Cultura mueven sus peones culturales con contrapesos políticos en busca de los pedigüeños siempre a sus órdenes ejerciendo de mamporreros en asociaciones que dictan los jefes.

            En la mejilla izquierda de la niña ha petrificado una lágrima. Su rostro ha cambiado, ha perdido la inocencia. Los poetas han dejado de crear, tan sólo repiten la plana; no son piedras de escándalo, sino sumisos siervos del poder. La niña extiende su mano, pero no existe en la ciudad ni un solo samaritano. La inteligencia está vendida y el arrojo despareció. La intelectualidad duerme y con ella, la ciudad. La niña, no; ella lo capta todo. Le siseo, desde la otra esquina, un poema revolucionario.

            Queremos orden, mucho orden, más orden, más asociaciones plegadas al poder. La niña… ¿qué mira, qué busca, qué quiere?

            Somos cómplices del sistema del desamor. Nos interesa más una norma que un beso, un halago que una crítica, un puesto que un amigo y un polvo que el amor.

            ¿Qué te pasa?, ¿estás mal?, ¿no sales?, suena un silbato, otro y otro más. Es la nueva policía, la que no quiere gente que moleste a los poderosos, pero yo busco a la niña que dejó de serlo porque tal vez ha sucumbido a la carga de los “buenos”.

            La niña de la lágrima petrificada es la poesía; me interesan sus ojos, su manera de ver e interpretar el mundo. ¿Cómo eran sus ojos? Responde tú, poeta domesticado por el poder, que pasaste mil veces por la esquina de la niña de la lágrima petrificada y nunca detuviste tu paso de oca.

            Responde tú.



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