viernes, 13 de junio de 2014

Lágrimas



              Bien pensado qué me importa todo este conjunto de dimes y diretes sobre la abdicación, sucesión, república y demás temas a los que he dedicado parte de mi tiempo cuando mi “casa” está por barrer.

            He repasado los últimos “copos” y no encuentro en ellos la palabra amor por ninguna parte, y me preocupa el hecho. No sé si el transcurrir de los años consigue que la personas de edad se hagan más duras, algo así como ese pasar de todo aquello que huela a puro sentimiento porque después de tanto ajetreo de vida una coraza parece cubrir nuestro ser.

            La gente, buena gente, con la que me rodeo a diario en la “parroquia” del Gran Vía, a saber, el coronel, Pepe el Pollo, Manolo el bético, Julio, Quique, Emilio el de las Cofradías, Monty el perchelero, Manuel el relojero, Ignacio el Profesor y columnista, al mismo propietario, Antonio, y algunos más saben que cuando tomo el café de la tarde busco, entre la prensa, una película “de llorar”.

            Nos convertimos, con el paso de los años, en pura piedra y nuestro corazón se acartona y no se sabe muy bien si el posible sufrimiento por algunos sucesos personales no es más que un barniz que nos untamos para parecer que somos humanos.

            Necesitamos reír, y de ahí nacen las bromas que nos damos los unos a los otros cuando del café pasamos al güisqui y en él encontramos cualquier escape para pasar más o menos airoso el día; sin embargo se hace necesario, al menos es mi caso, derramar alguna que otra lágrima que legitime que somos humanos ante el desahucio de una sociedad que se enroca en sí misma.

            Más todavía, en mi caso debería llorar por mi mismo; por aquellos años que se esfumaron sin caer en la cuenta que ya nunca pasarán por nuestro lado, años de niñez, juventud y amor, años que fluyeron hacia el mar de la existencia y que pasaron de refilón por la auténtica vida y, por ello, no dejaron huella donde reposar la nostalgia positiva de lo que pudo ser y ya nunca será.

            Pues sí, llorar es bueno, derramar alguna lágrima es esencial para saborear que vivimos; digo yo, o es que tal vez esta mañana me he despertado llorón.




No hay comentarios:

Publicar un comentario