lunes, 2 de junio de 2014

De tirarme al monte, nada de nada



          Parece ser que S.M. el Rey Juan Carlos I ha abdicado, así al menos creo haber escuchado en alguna cadena de televisión, oído en una emisora de radio, visto en mi ordenador y comprobado en el bar de la esquina donde un parroquiano se cagaba en la p.m. que parió al Borbón; ello además de los cientos de mensajes recibidos para acudir a una concentración en Málaga a favor de la III República. Dado todo por normal, para asombro mío no he perdido el apetito y el menú de hoy (8 lamentables euros), compuesto por porra antequerana, huevo con pisto, cerveza y un bello flan, ha sido engullido sin problema alguno.

            De esto, dicho sea de paso, entiendo poco -me refiero a la República- pues los primeros cuarenta años, exceptuando seis meses de pezón de mamá, los viví con la dictadura de Franco y el resto, treinta y ocho tacos más, con la democracia o monarquía parlamentaria (algunos a esto le llaman “casta”) que libremente nos dimos los españoles que podíamos votar en el año 1978 al decir “sí” mayoritariamente a la Constitución Española vigente y que será la que, mediante una ley orgánica que seguramente se apruebe en el Congreso de los Diputados, coloque al actual Príncipe de Asturias como Rey de España y nuevo Jefe de Estado.

            España, como nación, es históricamente monárquica y golpista. Republicana, esto hablando históricamente (que no se olvide) poco; una I República que duró menos de dos años (1873-1874) y que durante tan breve bienio vivió guerras carlistas, la revolución cantonal, cuatro presidentes de gobierno y algún generalazo de vez en cuando; la II República llegó a través de unas elecciones municipales celebradas en abril de 1931 en la que venció en número de concejales en las zonas rurales la derecha más o menos monárquica, y en la gran mayoría de capitales -especialmente la de mayor número de habitantes- los partidos de corte republicano, y dado lo cual el rey Alfonso XIII se las piró, instaurándose la II República, que abarcó desde 1931 a 1936 o 1939, sin contamos los tres años que duró la sangrienta guerra incivil iniciada por el golpe de Estado del general y dictador Franco.

            De 1931 a 1936 hubo tres elecciones en las que jamás se eligió un Presidente para dicha República, sino a unos diputados que después serían los encargados de elegirlo, más o menos como se hace durante este tiempo de la “casta” con el Presidente del Gobierno.

            En los años que duró la II República hubo tres elecciones generales y una revolución, principalmente en Asturias. En la primera vencieron las izquierdas, las derechas en la segunda y el Frente Popular, en el que por primera vez los anarquistas, en contra de sus principios votaron, en la tercera.

            Durante los cinco años y medio de II República hubo avances en algunos sectores, esencialmente en la enseñanza, intransigencia en otros, sobre todo en aspectos de religión, apariciones de pistoleros de derechas e izquierdas y cuarenta mil detalles que tal vez otro día pueda enumerar; pero lo peor es que aquella esperanzadora aventura terminó en una guerra entre hermanos, cuyas dramáticas consecuencias permanecen vivas en numerosos ciudadanos porque familiares de uno y otro bando quedaron en el camino, más, muchísimos más en el bando de los vencidos; tan lamentable hecho, me refiero a la guerra civil, ha hecho de la II República un mito, mito del que parece ser dueño la izquierda, cuando se puede ser, y de hecho se es republicano de izquierda o derecha como en Francia, Alemania, Italia, etc.

            Se están enviando mensajes y escribiendo artículos que no son de mi agrado, al igual que éste tampoco lo será para otros, pero vamos que por unas elecciones europeas, con una abstención similar a la de hace cinco años, todos aquellos partidos que han emergido, algunos por primera vez, nos quieran llevar a un referéndum para elegir República o Monarquía me parece demasiada “casta”, por no decir “cara”, por parte de ellos.

            Respetemos nuestras reglas de juego, cambiemos democráticamente las necesarias y, sobre todo, por favor, no juguemos con fuego no sea que algunos salgamos chamuscados.



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