sábado, 31 de mayo de 2014

¿Morir, resucitar o crear?



           Que todos tenemos que morir es una realidad incuestionable; que todos tenemos que resucitar es un dogma cuestionable en el que algunos creen, desde luego que no un servidor; que todos debemos crear debía ser un impulso natural al que todos estamos abocados.

            Creo que hasta ahí la gran mayoría de los posibles lectores podríamos estar de acuerdo en todo lo concerniente a nuestro mundo conocido y al ignoto por conocer, pero tratándose de política, que es a lo que voy en estos últimos días, la cosa sería discutible, pero que muy discutible.

            Y afirmo que es discutible porque la política es una de las actividades humanas mas discutidas, analizadas y pormenorizadas especialmente en estos últimos días. Una mayoría a favor de una fuerza emergente que no nombro para no darle más caché y la otra, que silencio, por no otorgar más caña que Alfonso Guerra a la derecha desde su visión de descamisado, cuando ya ven como vive el entonces llamado de forma despectiva “el canijo”.

            Pero lo mío se refiere a otro mundo, o sea a Andalucía: porque esta tierra donde vivo y parpadeo con su visión es un mundo aparte de otros conglomerados de ciudadanos.

            Por aquí, por el Sur, hubo un tiempo en que emergió una esperanza de pueblo singular bajo el paraguas de unas siglas netamente andaluzas, PA  y/o PSA, que introdujeron en el Congreso de los Diputados, allá por 1979, nada menos que cinco andaluces para ejercer como tales, a los cuales se unieron dos conversos, un servidor fue uno de aquellos que realizó el tránsito del poder a la nada para servir al Ideal Andaluz; pero aquello no sirvió de nada porque los mandamases de aquel proyecto que ilusionó en Andalucía más que un señor con coleta bien poblada  o una señora que vivió del cuento de ser socialista, eurodiputada y consejera del País Vasco, tomaron la quijada de Caín y se liaron a liquidarse entre ellos rompiendo la hermandad andaluza.

            Pasados los años, algunos andaluces bien intencionados quieren resucitar a un muerto que yace en las cunetas de su propio egoísmo partidista; otros, tal vez yo aunque no lo tengo claro, deseamos recoger los escombros de aquel fatal fratricidio y, desde tanta ilusión diseminada, crear una especie de monstruo de Frankenstein recogiendo trozos de aquí y de allí.

            Tengo totalmente seguro que Andalucía debe apostar por crear algo nuevo que consiga ilusionar a este pueblo que se debate en la vergüenza de ser la comunidad española con mayor índice de corrupción, paro y analfabetismo oficial.

            En esa ilusión de esperanza no tengáis la menor duda que os espero, y ello a pesar de los años que soporto con cierta ilusión

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