jueves, 3 de abril de 2014

Uf, Pilar Urbano



               Hoy Pilar Urbano presenta un libro con morbo: “La gran desmemoria. Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar” con 990 páginas y una muy buena editorial que siempre da su primer premio a una personalidad mediática y el segundo, al mejor libro.

            No sé si a la Urbano le pilló en el Congreso el día de marras y que, como toda la canallesca, admitió, sin dudarlo, la invitación de Tejero a abandonar el hemiciclo y que, a la chita callando, todos sus representantes, me refiero a la prensa, se largaron y dejaron a los secuestrados, un servidor entre ellos, con tan “dulce” compañía.

            Al poco tiempo del secuestro se inició la rociada de libros de ilustres periodistas sobre tan lamentable suceso; y así unos y otras escribieron lo que les vino en ganas mientras, nosotros, las señorías de aquel entonces aguantábamos impávidos nuestra cobardía por habernos arrojado al suelo al igual que ellos, por cierto que no sé si Pilar estuvo entre los que besaron moquetas de prensa.

            Hasta un servidor de las causas perdidas -nunca mejor dicho- escribió, pasados muchos años, su pequeño librillo llamado “18 horas con Tejero”, o sea, 18 pequeños capítulos de vivencias personales sin odio y rencor con cierta mezcla de ironía entre la seriedad y la sonrisa; pero jamás, por ejemplo, nadie ha desmentido, porque el testigo fui yo, que Blas Piñar, sentado a un metro de mí entraba y salía del Congreso cada vez que le apetecía y que un pistolero, guardaespaldas de él con un nueve largo en la sobaquera se sentó detrás de él para ayudarle en sus entradas y salidas, mientras la Benemérita se cuadraba ante ellos.

            No seré yo el que compre el libelo, y no lo compro porque Suárez jamás comulgó con la extrema derecha; cosa bien distinta es que Adolfo pusiera, es una opinión personal, su cargo a disposición de SM El Rey para intentar parar el golpe de Armada, general que, por cierto, en el verano de 1980 se reunió con Enrique Mújica (PSOE) y un alcalde socialista, no recuerdo si de Lérida o Tarragona, para hablar, según la “serpiente de verano”, de formar un gobierno de concentración y largar a Adolfo Suárez, el político que nada más se casó con España.

            Eran tiempos de “ruidos de sables”, según contaba el nacido en Cebreros, pero al que nadie creía porque todos pensaron, me introduzco en el saco de los incrédulos, que era una artimaña pergeñada por él para mantenerse en el poder; hasta que llegó el lobo.

            Ay Dios si yo hablara algún día de las tres horas de conversación que mantuve con Adolfo Suárez; pero no, eso queda entre aquel Presidente irrepetible y este diputado de provincias, a saber, de Málaga, esta ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia.



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