jueves, 24 de abril de 2014

Morir en España



            Desde siempre hemos oído que los mortales nos igualamos en dos momentos cruciales de nuestra existencia, a saber: en el nacer y el morir. Algún día hablaremos del nacer en el norte o en el sur, pero hoy nos toca hacerlo de la burda mentira de que nos igualamos en la última galopada hacia lo desconocido.

            Y a qué viene ahora semejante tema cuando otros, con más enjundia, se pasean por nuestras narices; pongamos por ejemplo las cuarenta formaciones políticas y/o sociológicas que van a concurrir a las elecciones europeas para hacerse con una buena morterada de euros y vivir los agraciados a moco tendido hasta que la tierra o el fuego los acoja en su seno.

            Pues viene a que los españoles no somos iguales a la hora de diñarla y alojarnos en el seno de Abraham. Nosotros, me refiero a los andaluces, tenemos la inmensa suerte y, por tanto, alegría de ser gobernados por un gobierno de auténtica progresía conformado por el PSOE-A e IU que, aunque emergen algunos problemillas de poca monta, como los presuntos fraudulentos EREs y la mandanga de los cursos de formación, debemos estar plenamente satisfechos por los niveles de paro y educación.

            Decía, es que últimamente a causa de sentirme maltratado por algunos amigos, lo que no quiere decir que lo hagan, decía, repito, se me va el santo al cielo y no tengo forma de hilvanar mis ideas como es debido, que los hispanos no somos iguales a la hora de morirnos.

            Miren ustedes, un matrimonio que las ha pasado canutas, después algo mejor y en la actualidad ni fu ni fa, ha ahorrado, pongamos por caso, un montoncillo de euros de escasa altura; pues bien, resulta que nuestro bueno y bello gobierno progresista le rapiña el 22% a los posibles herederos por aquello de la llamada Ley de Sucesiones, mientras que en Madrid por la misma Ley el gobierno derechón tan sólo se queda con un 1% para la bolsa común.

            Y da coraje que eso ocurra en el mismo país, España; un servidor tiene una capullada de calderilla y juro por mi honor -aunque ya me queda poco porque algunos me lo han robado- que lo  fundo antes de que llegue la señora Parca con su guadaña.

            Saben la causa, porque esa Ley que comento debería llamarse Ley de Secesión porque consigue, ay Dios, que existan enormes diferencias entre morir aquí o dónde coño quieran ustedes.

            Con el debido respeto.

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