martes, 22 de abril de 2014

La corrida de Esperanza



             Últimamente no veo muy afortunada a Esperanza Aguirre en sus intervenciones pseudo políticas, caso del Pregón Taurino que ha ofrecido en Sevilla con motivo de la Feria de Abril.

            Emulando a sus adversarios políticos de Cataluña, ha hecho del arte de Cúchares una batallita política, pero sin tener el valor de nombrarlos a lo claro y ha dejado, tal vez a causa de la edad que no perdona, flotando en el ambiente un interrogante entre ser español y no ser un fiebre de la fiesta de los toros.

            El que estas líneas escribe sabe lo que es una larga cambiada, la verónica y su media, el pase de pecho, la manoletina, los adornos, la distancia, un par bien puesto, una media estocada, un volapié y, por encima de todo, un natural, o sea, ese pase de muleta que se da con la izquierda y en la que el morlaco tiene todas las de ganar, pero donde el engaño del torero supera al bravo.

            Me gustó la fiesta, tal vez no en demasía, y aprendí de ella justamente donde doña Esperanza ha ido a poner una plica en Flandes en vez de ir a Barcelona y decir a sus enemigos, los de ella y los de la fiesta, la tres verdades que afirman decía el barquero.

            Soy español, andaluz y ciudadano del mundo (ya lo dice nuestro himno), y en ese mundo incluyo a Cataluña, pero ya no me gustan los toros, entre otras cosas que a continuación explicaré, por la barbaridad que ha cometido Aguirre al intentar unir españolidad con el martirio del toro bravo que, pienso yo, porque sea bravo no tiene que ser sometido a semejante sufrimiento.

            No me gusta la sangre, señora "liberal", no me agradan las picas que son las que realmente se cargan -valga la expresión- al toro sin defensa. Ni pizca me agrada la sangre de los caballos, las banderillas punzantes, la estocada, el descabello y la muerte del toro dejando tras de sí un reguero de sangre espeluznante. Y menos me agrada cuando él no se deja engañar e introduce su cornamenta en las entrañas del torero resultando éste muerto o herido de gravedad.

            Esa es la pura verdad, y otra es que respeto a los que les agrade una buena tarde donde se corten orejas y rabos. Lo siento mucho, pero aunque usted no lo crea sigo siendo español y, claro es, andaluz. Y no me pregunte de qué lado cae la balanza, porque puedo darle una sorpresa.




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