lunes, 28 de abril de 2014

El correveidile



            Genéticamente me pueden quedar dos años de existencia para ser eterno vecino de llamado Patio de Frasquito; tal aseveración se basa en que no ha existido ningún miembro de mi familia sanguínea que haya llegado a la friolera de 78 años, miseria con la que adorno mi osamenta. O sea, que años más o tal vez menos descansaré y conseguiré que otros lo hagan de mi presencia en este mundo de vivales y conseguidores.

            Dada la circunstancia anteriormente citada, comprenderán ustedes que me encuentro en ese momento crucial en que cualquier petición que me sea realizada tiene todos los visos de ser concedida para que mi buen nombre quede limpio y mi figura sea digna de ser recordada con alegría y atributos de bonhomía.

            Por ejemplo, supongamos que estorbo en cualquiera de los pocos lugares por los que transito, pues se me dice y punto, y un servidor le coloca el finiquito. O bien pertenezco a un colectivo en que mi presencia ya no es grata por los motivos que sea, pues no hay problemas por mi parte, se me dice, se comenta algo, un estrechón de manos si es menester y existe la posibilidad de que el número de asistentes al funeral por la salvación eterna de mi alma sea más numeroso que el que preveo según como voy viendo los tejemanejes de determinadas personas. Fíjense, si hasta en este periódico -quede claro que no es el caso-, mis opiniones no son las deseadas y entorpecen el normal desenvolvimiento de este proyecto, me voy y otro punto.

            Está ocurriendo que algunos de aquellos que supimos sortear con algo de astucia la censura del régimen franquista nos vemos ahora abocados a que dos o tres correveidiles, personas que vuelan a velocidades inimaginables, están haciendo de correa de transmisión entre este digital y Madrid, oh Madrid, siempre Madrid como signo de poder, para enviar determinadas columnas de mi exclusiva propiedad intelectual y demostrar lo perverso que soy cuando critico parcelas del poder andaluz.

            Esto de ir y llevar chismes o verdades no es propio de hombres que se visten por los pies o mujeres que lo hacen por la cabeza si es que usan pantalones. Con lo fácil que es descolgar el teléfono, enviar un email o tomar un café para decir: “mira, Pepe, estás estorbando, así es que lo mejor que te las pire”, y no estar engordando un dossier innecesariamente con el trabajo que cuesta cuando está basado en mentiras y perversas interpretaciones.

            Nunca me gustaron los correveidiles; por favor, dejad al hombre tranquilo en su soledad aunque esté equivocado.



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