martes, 15 de abril de 2014

¡Del hosanna al crucifícale!



           Nada de lo que se conmemora durante estos días que abarcan la llamada Semana Santa goza del suficiente rigor histórico para asegurar que fue verdad, pues tan sólo Flavio Josefo y un par de historiadores consignan mínimamente en su libros que algo extraño estaba pasando en Jerusalén.

            Es cierto que los llamados Evangelios, que recogen los dichos y hechos de Jesús de Nazaret, atribuidos a cuatro discípulos de Jesús, pero que ya está demostrado que fueron escritos por diversas comunidades, y toda la tradición de las Iglesias cristianas, especialmente la católica, avalan la teoría de que Jesús existió.

            Creer tal hecho ya es un gran acto de fe que, dicho sea de paso, podría casi afirmar que creo; pero no en todo lo que en su nombre se ha montado: llámense Iglesia, Mandamientos, Dogmas, Catecismos, Cielo, Infierno, Resurrección de los Muertos y un largo etcétera.

            De creer en alguien y algo, en Jesús y su palabra; pues si no hubiese existido habría que haberlo inventado para bien de todos nosotros siempre que intentemos hacer vida la suya propia, esa vida que en cuatro palabras quedó explicitado sin grandes algarabías: “pasó haciendo el bien”, que, por cierto, no es moco de pavo.

            Todo los hechos de esta “semana”, ocurrieron en un tiempo récord de algo más de veinticuatro de horas: su entrada triunfal en Jerusalén, su ocultamiento a renglón seguido, el prendimiento, el “juicio” farisaico, la condena a muerte y su ejecución, nos deben hacer pensar que algo raro pasó en la llamada ciudad santa para que, tras ser recibido como Rey entre vítores y palmas al grito de ¡hosanna!, fuese más tarde crucificado por petición de ese mismo pueblo que, jubiloso, lo había aclamado horas antes.

            Lo dejo ahí, pues no es mi deseo sembrar dudas.

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