miércoles, 9 de abril de 2014

De la voz



 En la esquina de la ciudad dormida, los papeles danzan en vértigo de remolinos. Son trozos de poemas que los poetas de la noche, cansados de su marginación, han arrojado desde el alcanfor del olvido a la garganta del abismo.
           
Las sílabas, agrupadas en sufrimiento, ofrecen un concierto de gemidos que a nadie importa.

            Es en la noche, cuando el murmullo descansa en las telarañas de las grises camas y los niños sueñan a ser jinetes de alados caballos, es en la noche, decía, cuando el poeta despliega la red de la búsqueda de su voz por la ribera de la utopía.
           
Sabe que la palabra no descansa, sino que vive en el brusco acantilado de la verdad que conmueve el equilibrio de la razón.

            Una mente desequilibrada es capaz de crear. Un hombre en busca del sentido común es un proyecto asesinado sin posibilidad de ser. Por ello, el verdadero creador, el poeta, rompe una y otra vez las cadenas que enmudecen su voz.
           
De cada blasfemia a la cotidianidad, brota un verso, un racimo de palabras, un poema, un grito de esperanza en la desértica niebla donde cuelgan los clónicos ramajes de los insulsos poetas que siempre escriben lo mismo.

Pero ¿qué es la voz?, sino todo el misterio de la mar prensado en la vieja caracola. La voz del poeta es un estallido de osadía en el todo y la nada del propio ser, o del no ser. La voz del poeta es el lenguaje de los dioses prestado al filo del instante.
           
En el ser libre está el germen de la voz del poeta. Lo otro, el versificar, es un juego floral para almas delicadas. Sólo en los utópicos acampa la verdadera poesía.
           
He llegado al “lugar donde el viento silba nácar” al encuentro de la voz perdida. Acariciaré el alba en la noche de abril que los dioses crearon para mí.





No hay comentarios:

Publicar un comentario