viernes, 11 de abril de 2014

De la resurrección



La estúpida estación del “siempreigual” ha dejado un sello de idiotez. Ahora vuelven la nostalgia, la duda y el escalofrío de la umbría esquina.
           
El maldito olor a tedio impregna al sucio ascensor. Todo se hace más familiar: hasta el escondido olvido que creíamos superado para siempre.

            Soy consciente de mi regreso al mundo de la normalidad, por ello volveré a ajustar la tuerca del disparate en sentido inverso a las agujas del reloj, y el tiempo invertirá su orden.

            A veces pregunto a la vida por mi vida. Un silencio cargado de átonas dudas penetra el espacio donde deslizo mi bostezo; le intento poner ritmo, y un frío soplo sisea en la ya frágil nuca de la utopía.

            Me rebelo sumiso.

            La noche acarició mis heridas. Apagué con la mirada cuatro farolas. Palpé con mis manos el vacío de lo oscuro, y un arpegio de lejanos rumores posó su vuelo en ellas.
            Froté mis ojos en el rocío del recuerdo. Todo fue luz.

            Resguardo la vida en la arcana palabra que pronuncié cuando los almendros derramaron algo más que una flor; cuando las nubes cubrieron de grises copos las blancas casas de Cajiz; cuando el viento detuvo la tronchada rama de la sequía; cuando Dios oscureció su silencio para siempre.
            Y llegó el abrigo de la ansiada soledad.

            Adentré mis pasos en la selva del tiempo. Con el machete afilado del recuerdo desbrocé los fantasmas del olvido. Caminé con calendas agolpadas en el lugar donde los latidos golpean sin previo aviso. Una yema de azándar, flotando en el perfil de la utopía. Perfumó la estancia de mi vida. Fue un acaso.

            Silenciaban mis pasos la hojarasca del tiempo. Entre tanta fragilidad amarillenta asomaba una barbaja primeriza. Introduje en ella la memoria y una pizca de brisa de mar salpicó mis labios. Caminé con su beso, como siempre.

            Si el soplo renaciera, la vida se abriría. Sólo su asiento necesito para iniciar el camino, pero todo duerme conmigo. Espero en la gruta. Sé que llegará.

            ¿Acaso existen la mañana, el ayer, la tarde, el presente, la noche y el futuro? ¿Acaso la noche no es el preludio de la luz? ¿Acaso aquellas lágrimas no son las estrías de mi rostro? ¿Acaso la sombra del pasado no es la realidad del presente?

            Cuando el alba comienza su tarea de iluminar la noche y los pájaros asoman sus cantos desde las ramas del árbol de la placita, un hombre, cosido a su destino, abre sus ojos al asombro: quiere vivir.

            La vanidad se descuelga prendida de mi yo. De un hilo pende mi vida; el resto de la soga se desploma. Suavemente buscaré su presencia. Sea quien sea, seré con ella.

            La libertad empieza ahora, cuando la escarcina penetre la máscara humana y su punta acaricie la verdad de mi ser.

            He husmeado la orilla del delirio. Una bandada de rosa ha descargado un polen de vida. Todo se ha cubierto de una radiante locura y los címbalos del día han vencido a los crótalos de la noche.

            El río de mi vida será largo o corto, pero extenso como un suspiro de palmera en la noche del desierto.
            En él tendrán acogida los cantos gregorianos de las místicas clausuras, la supuración dolorosa de las putas, los ojos del pobre niño pobre y la putrefacta carcoma del poder.
            
             Recojo con mimo mis cenizas y evito una brisa de muerte. Seré yo.

www.josegarciaperez.es 



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