jueves, 10 de abril de 2014

De la muerte



          El sol ha cambiado de lugar. Cuando camina a poniente, nace anaranjada una ligera sacudida de recuerdos sin futuro. Es entonces, por un instante, cuando siento.

            A mi alrededor y conmigo, sin la fértil compañía del riesgo, brota, cuando amanece el tedio, la tarde que oscurece la sensualidad del despertar.

            Ni siquiera puedo achacar mi muerte a otro. Ni siquiera puedo empuñar la daga del suicidio. Ni siquiera el desconocido Dios me sirve de excusa. Nadie es culpable, tal vez la brisa que dejó de besar.

            El chasquido del asombro ha dado paso a una serie de goznes que cierra el paso luminoso del vértigo de ser. Tan sólo en mi sombra, grotescamente alargada, intuyo la silueta del que fui.

            Se ha esfumado mi capital de visiones. Ahora, todas las gaviotas son blancas; la dunas, montículos de arena acumulada; el ocaso; un anochecer más; la orilla, un paseo rutinario; y Dios empieza a ser el otro.

            Tengo la certeza de saber lo que pisan mis pies, lo que palpan mis manos, lo que abarca mi vista. Y también sé que el pálpito de mi corazón es el idéntico tictac de todos los seres que deambulan sumisos al destino.

            ¿Y qué importa el Prefacio? ¿Qué importan la justicia o injusticia, la virtud o el pecado, el cielo o el infierno si el viento se ha convertido es pastosa calma?

            Aunque intento abrir la ventana del asombro y buscar en lo gris un perfil de originalidad, nada ocurre, porque nada trastorna ni siquiera fugazmente la asesina sombra de la seguridad. El suicidio a la vida se ha consumado y la existencia, transcurre.

            Los milímetros del mañana está perfectamente encajados. Sé todo lo que va a acontecer, y lo asumo; pero en la quietud de la muerte trazo una línea con tiza de esperanza. Seré invadido por el quizás.

www.josegarciaperez.es 

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