domingo, 23 de marzo de 2014

Tres pequeñas historias con Adolfo Suárez (y III)



Cuando comienzo esta pequeña historia sobre Adolfo Suárez, sé de su muerte que, aunque esperada, ha conseguido hacerme dudar sobre si escribir esta última pata del trípode que me prometí cuando su hijo anunció la posibilidad de su fallecimiento.
           
            Pero creo que debo hacerlo porque forma parte, sino de la historia con mayúsculas, si de mi deambular por los resquicios de aquella época tan trágica y encantadora.

            Cuando durante cuarenta y ocho horas he estado escuchando rosarios de alabanzas hacia su nombre, muchos de aquellos que le fustigaron con crueldad, cuando la hipocresía ha reinado durante estos dos días y los que colea, me creo en la obligación de terminar esta insignificante trilogía de “copos” dedicada a mis relaciones con él.

            Andalucía, oh Andalucía, penetró en la política nacional con una fuerza inmensa en su afán de ganarse a pulso la entrada por la puerta grande -artículo 151 de la Constitución- a través de un referéndum del pueblo andaluz. UCD accedió en un primer momento a ello, pero días más tarde por consejos de algunos dirigentes que silencio, desechó Adolfo esa gloria para intentar hacerlo a través de una puerta más estrecha, la del artº 143 de la Carta Magna. Aquello me pareció -y me sigue pareciendo- una claudicación y pensé que era mi obligación defender la dignidad de Andalucía y, por tanto, abandonar el Grupo Parlamentario de UCD como ya había hecho el ministro Manuel Clavero.

            A partir de esa decisión, distintas personalidades del partido centrista hablaron  y almorzaron o cenaron conmigo para que desistiese de llevar a término esa decisión; entre ellos tan sólo voy a nombrar al ministro Fernández Ordóñez y al vicepresidente del Gobierno Fernando Abril Martorell (ambos ya fallecidos). El primero me dijo que no era el momento oportuno, pues se estaba esperando la salida en grupo de los socialdemócratas y el segundo, mi amigo Fernando, hombre cabal y de total confianza de Suárez; me costó más trabajo, muchísimo más, mantener mi postura con Martorell que con Paco, pero con ambos mantuve la decisión tomada.

            La tarde en que tenía que subir la escalera para sentarme en un escaño del Grupo Mixto recibí una llamada de Suárez para hablar del asunto. Durante tres horas estuvimos conversando sobre ese tema y otros que he silenciado y silenciaré siempre; sin entrar en detalles, diré que permanecí en mi postura.

            Cuando tanto se habla de las causas de la dimisión de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, sonrío. En el libro “Así cayó Adolfo Suárez” (Planeta, 1981), su autor, Josep Meliá, portavoz del Gobierno de UCD, pone en boca de Adolfo Suárez que la postura crítica de José García Pérez fue causa inmediata de su dimisión, y así se lee en la página 69 del mencionado libro lo que sigue: “…En tres horas de conversación no fui capaz de mantener al diputado malagueño Pepe García en el partido, a pesar de que invoqué las más sagradas razones que se pueden presentar a un político. ¿Por qué? Porque en contra de la verdad, cuando yo le hablaba de España y del partido, él estaba convencido de que la única razón que guiaba para pedirle que fuera fiel a sus compromisos era permanecer en la Presidencia…”

            Bien, eso es lo que escribió Meliá, pero Suárez y yo, uno muerto y otro más callado que un muerto, sabemos que esa no fue la causa de su dimisión.

            Se ha ido un político, no un hombre que ha vivido de la política, sino para la política. Tuvo enemigos en el régimen franquista, en las filas de su partido, en la bancada del PSOE para qué decir, en el ejército y en la iglesia católica; y unos pocos amigos: Abril, Sahagún, Calvo, Gutiérrez Mellado y alguno más de poca monta.

            Hasta alguna lágrima se me ha escapado esta tarde por él. Descanse en paz, lo necesitaba.


No hay comentarios:

Publicar un comentario