miércoles, 26 de febrero de 2014

Paco de Lucía



Lo viví en plenitud y escuché la melodía que brotaba del rasgar sus dedos con más atención que al silbo de Dios en la madrugada de la marisma que besa la orilla del Río Piedras.

Fue una noche de agosto en una playa del sudeste andaluz cuando el sol se marchó a dormir entre pinos verdes y la luna se ponía llena cuando era cuarto creciente.

La guitarra y las manos de Paco de Lucía hicieron el milagro. La divinidad se puso más cercana. Júpiter, en el cenit de aquella noche de agosto, sintió envidia de nosotros por estar tan cerca del nacido en Isla Verde. Vivimos la noche “entre dos aguas: la que besa complacida la ribera de la lengua de La Antilla y la que brotaba de los dedos encallecidos de Paco de Lucía.

Viví un instante de eternidad que saboreé en plenitud, pues el embrujo de la noche se había introducido en la guitarra de Paco de Lucía y salpiques de sagradas notas penetraron la marisma despertando a las bellas florecillas de la mar.

Faenaban los barcos blanquiazules del Puerto del Terrón, los amantes de la duna roja detuvieron por un instante su pasión, las bailas saltaban una y otra vez como delfines para escuchar aquella extraña melodía que procedía de tierra y yo vi, desde luego que la vi, posarse una roja gaviota en la barca varada por la bajamar.

Una nueva melodía se esparcía por toda la arena blanca, eran susurros como de Dios que procedían de una guitarra, y se hizo la madrugada.

Estuve allí, con Paco de Lucía. Tan sólo dijo: “buenas noches” y presentó a los suyos. El resto fue cosa de dioses, es por eso que ellos, los dioses, se lo han llevado para siempre. Sí, ya sé que nos deja su música, su temple, su toque mágico… pero no es lo mismo.


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