martes, 18 de febrero de 2014

A mi admirado Manuel Alcántara



Retrataba el maestro Manuel Alcántara, hace cuarenta y ocho horas, que el personal laico se convertía  hace tiempo a través de los Cursillos de Cristiandad, y no tengo más remedio que  darle la razón no ya porque fui presidente de dicho Movimiento por nombramiento del entonces obispo de Málaga Ramón Buxarrais, sino porque viví en mis propias carnes la metanoia, palabrota griega que viene a significar “cambio de mentalidad, o en romance paladino “darle la vuelta al calcetín”.

            Y ello porque en aquellos tiempos del nacional catolicismo, ya saben, los que acudimos a vivir uno de esos Cursillos de Cristiandad dados de laicos para laicos, con la inclusión de un cura, descanse en paz, llamado Ángel Rodríguez Vega, merecedor civilmente de ser nombrado Hijo Adoptivo de esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia, santo que pasó de ser Consiliario de Cursillos de Cristiandad a Delegado de Cáritas, hombre-cura que trabajó en el Mercado de Mayorista, hoy reconvertido en una pieza esencial del Arte Contemporáneo, aunque nunca ha existido un fabricante de ilusiones como él, para pasar a ser cura párroco del Rincón de la Victoria y ser denostado por los despojos del franquismo más recalcitrante, para terminar siendo “el cura de Carranque”, o sea, el que daba y otorgaba carta de ciudadanía a cientos de inmigrantes, ilusionaban al personal con un cristianismo donde había que deshojar de novenas, triduos y quinarios impuestos por la Santa Madre Iglesia para ver el cogollo esencial del cristianismo, o sea, la figura del Gran Judío Jesús de Nazaret.

            Porque no otra cosa era Cursillos sino ver a un Cristo debajo de los tronos de Semana Santa o en las puertas de los templos con la mano tendida o en los enfermos de cuerpo y espíritu o en todos aquellos que luchaban por una sociedad justa y libre.

            No me extraña, pues, que los que acudían a no sé qué se topaban con santos como Benito Mingorance, encarcelado por “rojo” y fugado de la cárcel de Málaga o Juan Petesa, el santo de los ancianos de los que todavía beben los politicastros de hoy en el Real de la Feria de Málaga, o tantos y tantos hombres que, sin una formación intelectual y religiosa a punta de caramelo, se presentaban ante los demás como fugaces perseidas escapadas del cielo a la tierra diciendo: “es posible”.

            Sí, los Cursillos de Cristiandad, en palabras del nada sospechoso Papa Pablo VI, “recorren hoy los caminos del mundo con carta de ciudadanía”. Lo digo y lo repito: nunca me sentí más feliz que cuando me creí hijo de Dios, hermano de Cristo y templo vivo del Espíritu Santo; algo que debo al hecho de haber vivido un Cursillo de Cristiandad, aunque hoy un servidor esté algo descuidado.




No hay comentarios:

Publicar un comentario