domingo, 26 de enero de 2014

Los besos de la Plaza del Obispo


                La Plaza del Obispo de Málaga es uno de los lugares más emblemáticos de esta ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia; para que se hagan una idea, aquellos que no la conocen, es una plaza casi cuadrangular con una coqueta fuente en el centro, la fachada del palacio obispal a uno de los lados y en el otro, unos edificios de la misma altura en el que antiguamente estaba instalado el Ateneo, allí ejercí de vice siendo presidente el abogado Jesús Pérez-Lanzac Muela; uniendo estas dos fachadas, tenemos otra donde en sus bajos existen unos modernos bares en los que sentados en sus respectivas terrazas podemos contemplar la fachada principal de la Catedral de Málaga, conocida por La Manquita.

            Pues hasta esa gozada marcharon hace unos días unas quince o veinte parejas de lesbianas, homosexuales, transexuales y otros que se apuntan a cualquier bambordeo para, delante, del palacio del obispo, que por cierto no reside allí, morrearse de lo lindo delante de lo sacro y, de esta forma, protestar por las declaraciones del nuevo Príncipe de la Iglesia Católica, el cardenal Fernando Sebastián, clero que estuvo por estos pagos cuando Ramón Buxarrais, obispo, dejó sus oropeles para irse de capellán raso a la Gota de Leche de Melilla y a la cárcel melillense para ejercer su ministerio con los presos.

            Este manantío de besos fue una irónica protesta, bien pensada y mejor realizada, ante las declaraciones del nuevo cardenal en las que aseguró que la homosexualidad es una enfermedad que tiene tratamiento y se cura.

            Ganas que tiene el personal, en este caso el nuevo Príncipe eclesial, de meterse en cualquier charco “porquesí”, o sea, sin venir a cuento. Esto de la homosexualidad que dicen los expertos que se daba ya en los tiempos más remotos de la historia, donde un mancebo era el manjar más apetecido por los emperadores, tal vez porque carecían del complicado punto “G”, ha sido siempre algo que dentro o fuera del armario es práctica cotidiana y sigue  siendo caballo de batalla para algunos miembros de la Iglesia que, por cierto, tiene algunos topos dentro de sus filas y cirios, y a los que nunca les ha dado por someterse a tratamiento médico.

            Tengamos, pues, la misa en paz.


           
            

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