jueves, 16 de enero de 2014

El poder, amigo, el poder



           Qué es el poder, te pregunto. A ti que confías en la libertad, la revolución, el cambio, el humanismo… ¿qué es el poder?

            No sabes o no te lo preguntas? Pues yo te lo diré: el poder es, en primer lugar, la traición al amigo o amiga, después es otra cosa, por ejemplo la presidencia de un gobierno, el mandato sobre unos siervos, la domesticación de los rebeldes, la sumisión, la dejación de la personalidad para ser como el jefe superior inmediato.

            El poder somete, encauza la personalidad, asesina al que llevamos en nuestro interior, nos encandila, babeamos ante él -no yo-, nos somete con caricias de promesas incumplidas, nos pide la “cabeza” del insumiso, se la entregamos, sacamos pecho y bilis, lo soportamos aunque nos envilece pero todo sea por nuestro currículum.

            Sé lo que es el poder, pero siempre salí airoso de sus artimañas para penetrarme, comprarme y doblegarme ante él. El poderoso lo quiere todo y, por querer, desea nuestro yo a cambio de una bagatela, de unos euros, de un visto bueno, de una cabeza servida en bandeja, por ejemplo: la mía.

            Es por ello que odio al poder de pacotilla, ese, amigo, en el que tú crees, el de los oropeles y las genuflexiones, el de la rendición ante la verdad, el que te lleva a la traición para llegar al reconocimiento de la nada, de la mugre, del exterminio de la amistad, de la auténtica verdad.

            El poder parece ennoblecer la verdad, pero la envilece. “No se puede se puede servir a Dios y al dinero”, dijo un nacido en Belén, pues bien, un servidor que nació en Melilla dice: “No se puede servir al poder y a la verdad”.

            Y es que la verdad, amigo mío que dejaste de serlo por tu sumisión al poder y a sus parafernalias, es el mayor de los bienes que una persona puede enarbolar en su vida, en su corta existencia y en su largo sufrimiento.

            Pero qué pasa oh caro amigo, tú, el que prometiste no sumisión al poder; tú que enarbolaste la verdad como estandarte, tú que vas buscando la collera con el poder; tú, oh Bruto, oh José, que enarbolaste la daga del poder contra el amigo, tú, dime la verdad, qué te hice para semejante traición.

            Dime: dónde llegaste. Tal vez a ser poder, pobre de ti, amigo del alma. Que conste que he bebido, o sea: que digo la verdad, ah¡ y no me arrepiento de lo escrito.




2 comentarios:

  1. Don José, Vd. habla del "deber ser", pero el "ser" es otra cosa muy diferente. Ese es el problema que yo le encuentro a todas las religiones, que nos piden que creamos en las irreales bondades. Y así no se arregla, que yo sepa, ningún problema. Un gran microbiólogo, se adentra en lo más profundo de virus y bacterias. Y ese largo camino le lleva a poderlas combatir con más eficiencia. Don José, las buenas intenciones no arreglan problemas, sino que los acrecientan.
    Saludos.

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  2. Ah, don José, se me olvidaba. El poder de hoy es el DINERO elevado a la enésima potencia. Los políticos no llegan a ser, ni tan siquiera, sus manijeros. Por eso yo no pongo el punto de mira sobre ellos, Porque la labor de los políticos es la de hacer de árbitros de futbol, para poderlos insultar.

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