martes, 3 de diciembre de 2013

Mejor, la mujer


           Si esta mañana soleada me pusiese a escribir sobre el famoso, y triste para nosotros, informe PISA, el dedicado a ver cómo va la chavalería en las cuatro reglas, comprensión lectora y cuestiones más complicadas me iba a coger un mosqueo que me nublaba el día; así que a la espera del posible milagro Wert, ya es tener fe, vayamos a otro asunto tal vez menos peliagudo y muchísimo más interesante.

            Pues eso, que los expertos y expertas en neurología andan estudiando los cerebros de la mujer y el hombre, y se están llevando sorpresas que pueden y deben preocupar a esa especie de puros machistas que, nada más pensar en ellos, consiguen que los primeros nubarrones oscurezcan algo esto que llaman despacho, y que tan sólo es un almacenamiento de libros.

            Si siguen ahondando en el tema, que seguirán, llegaremos a la conclusión -hacía medio siglo que un servidor había llegado- que la política llamada de igualdad se irá al traste, pues ellas son más hábiles, listas y espabiladas que nosotros.

            Es la llamada energía femenina, queridos amigos que algunos de ustedes no poseen, la que las hace superiores; de usted para mí, y sin que me tomen por “moña” -por favor, ruego no se sonrían o cabreen- poseo parte de ella, y es por ello que les caigo y me caen bien.

            Cuando el chaval es un mocoso que juega a “alto: manos arriba”, la chica de su edad anda convirtiéndose en una mujer de pies a cabeza y con capacidad de crear, parir quiero decir; ese adelanto, a favor de ella, en el tránsito que va desde la niñez a la adolescencia, va a permanecer en la mujer durante toda la vida, y ello a pesar de que el chico aumente, musculatura, fuerza e instintos primarios.

            Ya decía Moore: “Disfracemos como queramos nuestro cautiverio, es la mujer quien nos gobierna todavía”. Y lleva toda la razón, es ella la que nos engatusa, cuida, nos ama y gobierna, y todo lo hace al mismo tiempo; esa es su gran virtud: su capacidad de hacer varias cosas a la vez.

            Nuestro pobre cerebro “trabaja” bien, pero no somos ambidiestros; ellas, por el contrario, encierran todo un paraíso en el espacio que abarca sus manos.

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