martes, 10 de diciembre de 2013

Los olores


               Cuando una algarabía de españoles nos apiñábamos para vivir un clásico del fútbol, un sabio, cuyo nombre omito, se dedicaba a controlar el flujo vaginal de determinadas mujeres. Fue dando a las damas una variada gama de alimentos para que fuese husmeada por ellas: mojama, vino tinto, arroz chino, champiñones al ajillo y un largo etcétera.

            Comprobó el controlador de flujos que estos aumentaban un 13% más de lo normal cuando penetraba por las pituitarias el aroma de pepinillos, caramelos y polvo de talco, y que la cosa iba camino de la sequía, cuando las señoras olían cerezas, la carne hecha en la barbacoa y, ojo al dato porque se aproxima el Día de los Reyes Magos, las colonias masculinas.

            Resulta que este buen hombre realizó algo parecido con la estirpe varonil y ha llegado a la conclusión que los hombres prefieren el pastel de calabazas, con lo que por fin se ha descubierto la causa de aquel dicho: “le han dado calabazas”. Y es que cuando una mujer dice no a un hombre, éste se arrepanchiga en su amor y llega a la pasión.

            En el chivateo que nos traslada el sabio en cuestión se nos da una serie de datos que pueden ayudarnos a desarrollar una sana y prolífica relación sexual. El más importante de todos es el que nos alerta sobre la pérdida de olfato; si tal carencia llega a un 30% dese usted por impotente sexual, o sea, finiquitado. Mi pobre experiencia me dice que el de los caramelos es un rollo macabeo, pues a veces he ofrecido algunos de ellos a determinadas amigas y mi ofrecimiento nunca ha sido aceptado con un “me encantan”; a lo más he sido inquirido para que aclarase si tenían o no azúcar.

            Vuelve, pues, el tema de los feronomas a debate, ya saben, los olores que determinadas personas desprenden a su paso y que pueden ser percibidos por el resto de la ciudadanía. Sé, y es lo que me importa, que mis paseos de mañana y tarde, aunque muy cortitos, no producen siquiera una mínima emanación feromonal, pues las féminas que circulan por mi alrededor no demuestran ningún gracejo hacia mi figura.

            Eso sí, dado que los caramelos, según experiencia propia, no dan resultado alguno y por otro lado, tampoco vamos a ir por la calle espolvoreando talco por doquier, no queda más remedio que agarrarse al pepinillo. Dicho de otra forma, la solución es el pepinillo: como siempre.

www.josegarciaperez.es 

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