lunes, 23 de diciembre de 2013

La mejor de todas



Algunos andan engolfados en cambiar el belén por el árbol y la zambomba por el CD. Otros han mandado a los infiernos el anís y le han dado una larga cambiada por el vodka acaramelado, y los hay empeñados en descabalgar al rico mantecado por el melocotón en almíbar. Allá ellos. Sé que el progreso se impone en forma de productos congelados de un color rosa suave, desplazando de las esquinas el aroma de un buen pavo; pero yo, por una noche, la de mañana, llevo de mi mano a los míos sin posibilidad de escape. Lo tengo dicho: “si no hay zambomba, estrella y portal os desheredo”.

            La de mañana es la más buena de las noches que podemos vivir. Unos, los menos, por fe, otros por querer ser. Siempre hay quien pide más y nos dice que Navidad es todos los días, pero yo me conformo con uno. Si hay dos, mejor, pero si al menos durante veinticuatro horas nuestro corazón deja de ser de piedra y se convierte en carne que late, sabremos gozar de ser humanos, no más, sencillamente humanos, personas.

            Siempre canto el mismo villancico; después echo el rato entre tangos y corridos mexicanos, pero aquel que aprendí entre las grietas de los pezones de la señora Antonia no hay “progre” que me lo birle: “Por lo caminos del cielo/ se pasea una doncella/ se llamaba Encarnación/ porque Dios se encarnó en ella”. Si lo prueban lo repiten, me congratulo en afirmarlo.

            Y además, para escarnio del schnapps de avellana o el manzana verde o la crema catalana azucarada, alzo la copa de anís con polvorón incorporado y brindo por la paz y por la ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia, esta pluralidad de gente libre que musita al regazo del monte y de la mar.

            Por la paz, algo bastante más delicado que la tediosa tranquilidad; por la paz que desprenden la libertad y la tolerancia; por la paz que se perpetúa en la sonrisa y no en la ridícula carcajada de lo grosero; por la paz que quiero y deseo, la que viene de la mano de la justicia.

            Y brindo por Málaga, la ciudad que me acoge hace más de cincuenta años; la que me hace y me deshace; por su torbellino de ciudad libre, abierta al mar del asombro y al mar que besa de sal las entrañas de sus hijos.

            Es Navidad. Alzo el anís, suena el pandero. Felicidad es el nombre que a todos nos cubra.


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