lunes, 30 de diciembre de 2013

Extraño cotillón


         Toda esta mandanga de tiempo que los sabios han dado en llamar año va a doblar esta noche o mañana la esquina para zambullirse en un nuevo invento de temporalidad. Se nos va la vida entre uvas y cotillones. Y lo celebramos. Así somos para gozo de nosotros mismos. No hay quien de más por menos.

            Hace años, más de medio siglo, era el padre que puesto en pie anunciaba a la familia los cuartos del reloj de la Puerta del Sol; todos los miembros del clan estábamos pendientes del gesto paterno. Todo era jolgorio: la abuela, la madre, los hermanos, el anís, el coñac, el taponazo de la sidra o del cava, las peladillas y el turrón de almendras o jijona. ¡Ahora!, decía el patriarca, y una a una, o de dos en dos, o con una atragantera de mucho cuidado, las uvas, debidamente escamondadas, se convertían en lazo que unía a toda la familia.

            El trascurrir de la vida, la existencia, va enterrando a unos y dispersando a otros. Estos, o sea, los otros, van formando nuevas familias. Es ley de vida. Y la ley se cumple, pero en la actualidad no es el padre el que marca el principio del nuevo año. El padre y la madre miran a derecha e izquierda y ven solamente las campanitas del árbol de navidad.

            Recomponen la mirada y se observan el uno al otro, estudian el paso del tiempo en sus rostros, las arrugas que nacieron al unísono y, con parsimonia, sin atragantarse y tragándose alguna lágrima de vida, las uvas, al compás de cualquier cadena  televisiva, realizan su rítmico caminar de una en una; y los padres, ya abuelos, se aman de forma distinta: para siempre.

            Es ley de vida. Y la ley se cumple. Me queda, quiero creer, vivir más fiestas de fin de año o de principio de otro. Cada año, cuestión de artritis, nos costará más alzar la copa y tragar las uvas, cuestión de diabetes, pero seguiremos juntos hasta que la ley de la vida, o sea, la muerte, nos separe.

            Va por ti, mujer. Por ti, Rosi.



            

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