viernes, 20 de diciembre de 2013

El milagro de Berta



             El verano lo paso desde hace cuarenta años en una esquina de España llamada La Antilla (Lepe), una playa de antología donde los guiris todavía no han llegado; la historia de por qué un malagueño nacido en Melilla pasa dos meses entre coquinas, arenas finas, marismas y dunas tiene su pequeña explicación.

            Por allí iba a veranear mi pequeña hermana Nati que vive en Sevilla, y con ella, la chati de la familia, mis padres; mi hermano Fernando, el mayor de los tres, que le dio por morirse hace tres años un día de Nochebuena, compró un apartamento en el mismo bloque donde residía Nati, y yo, copión de toda la vida, hice lo mismo.

            Los años y sus avatares hicieron que mis hermanos vendieran sus viejos apartamentos, mientras un servidor, no sé la causa, seguí allí delante de mi ficus y al arrullo de muchísimas vivencias, muy especialmente las largas conversaciones con mi madre en una vieja terraza intentando que me contase cosas de pescadores, almadrabas e historias de su infancia; en realidad lo que buscaba era aligerar su demencia senil.

            Creo que es por ello por lo que sigo viendo al sol esconderse a poniente por Ayamonte; seguro que no es por eso en exclusiva, sino también porque por allí tengo algunos amigos a los que quiero en el silencio de la distancia; uno de ellos, Rafa Toscano, ha tenido la inmensa suerte de ser padre de una preciosa niña, parida por Annabel, a la que han bautizado con el nombre de Berta.

            En sí da la sensación que es una noticia normal y sencilla, pero no porque eso de traer al mundo una nueva criatura es muchísimo más importante que contratar, como hace Rafa desde el Club Vera de Mar de La Antilla, a Paco Lucía, Rafael o preparar unos guisos que saben a gloria y mar.

            Mi muy querido amigo, desde aquí, desde esta Málaga que todo lo acoge y todo lo silencia, te mando un villancico para que de aquí a nada se lo cantes a tu milagrillo. Ahí va: “Dicen de Dios muchas cosas/ que no puedo comprender/ miro los ojos de Berta/ y ya todas me las sé”.

            Ahora le pones música, que para eso eres único. Disfruta con ella hasta reventar de alegría.



            

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