lunes, 9 de diciembre de 2013

Divinidad latente



Quiero dormir ya siempre
en mi sueño de nada,
con los ojos cerrados
sabiendo que me miras
y sintiendo que te amo.
Y dormir. Sí, dormir.

Te lo decía cansado
tras ser tan sólo cuerpo
y alma los dos: “Nada espero
solo quiero morirme”.
Inmóvil nada esperaba,
todo lo esperado fue
y permaneció contigo.
Qué dicha querer la muerte
cuando se siente el amor
que no acaba, no termina,
continúa sosegado
como plaza de tus besos.
Es.

¿No lo recuerdas?
En el comienzo fue lento sigilo
disimuladamente hurté tus labios.
Te dejaste robar; si, lo sé.
Quedóse tu tesoro:
la perla, el reino, el dracma, la alba oveja,
y el grano de mostaza elevóse árbol
y anidaron los pájaros
en sus ramas sensibles,
campanario feliz de nueva vida
y ya nada fue igual:
Lo desértico, oasis.
La sequedad, follaje.
El fuerte viento, peregrina brisa.
Tú encuentro, sacramento.

Es tanto lo vivido
que el tiempo ha sido trance.
Suspensa la cordura,
alaba el alma susurrando en éxtasis:
eres mi dios, mi amada”.
Divinidad latente
que asoma sin rubor
tu mezcla de alma y carne.
Ya no sé si te adoro
en mi delirio lúcido
o por el beso que tomé de ti,
que sin quererlo quise
y quedó para siempre
siseando en mi boca.

Has quebrado mi muerte.
Ya vivo siempre vivo.
Eres antorcha donde lento muero
y me consumo y nazco
siempre entre lenguas rojas
que mantienen ardiendo
mi deseo de ti.

(De Inacabada ausencia de José García Pérez)

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