jueves, 21 de noviembre de 2013

Servicios mínimos



          La huelga es un derecho constitucional que se ejerce cuando los trabajadores estiman que están siendo perjudicados por éste o aquél motivo, además la misma se realiza donde más duele, o sea, en esas fechas que se hacen sentir de una manera ostensible; jamás ha existido, que yo sepa, una huelga de profesores en agosto, y las de transportes públicos se realizan en el momento más inoportuno para los viajeros y el más chachi para los currantes.

            Es cierto que existe ya un reglamento, no sé si ley, para pactar sindicatos y afectados (gobierno, empresarios, entidades, etc) unos servicios mínimos que garanticen que la ciudadanía, la no culpable del conflicto laboral, las pase canutas los días del desaguisado; pero no es menos cierto, lo sabemos por experiencia, que no siempre se cumplen esos servicios.

            Es por ello que me alegro, sin complejos por mi parte, que el señor Rajoy haya anunciado que se va a trabajar una ley que regule de verdad dichos servicios; y creo que por más que determinados grupos mediáticos arremetan contra el notario, una buena parte de la ciudadanía estará contenta con tal medida si es que va en serio.

            Un gobierno democrático, si lo es, y éste lo es porque nació de la libre voluntad depositada en las urnas por millones de personas, por más que pese a numerosos ciudadanos, debe buscar el equilibrio entre libertad y seguridad, eterno debate de todas las democracias del mundo.

            Lo del “basurero” madrileño ha sido una vergüenza nacional impropia de una nación civilizada; que sí, que sé que tenemos derecho a realizar huelgas de limpieza, pero también lo tenemos a respirar a aire puro; y es de ese choque de derechos desde donde emerge que exista un “mínimo” de responsabilidad que garantice que las ratas no se  apoderen del  suelo que pisamos.

            Más que mínimos, diría los servicios “necesarios” para que, sin perder los afectados por una injusticia su derecho a la huelga, no tengamos que padecer otro problema añadido, pues todos tenemos los nuestros.

            Lo dicho: no me parece mal que pongamos ciertos cotos a lo realmente indispensable para vivir con normalidad.


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