domingo, 3 de noviembre de 2013

Miquel Roca, independentista


            En las dos Legislaturas que viví a tope en el Congreso de los Diputados -se podrían denominar “la Constituyente y la del Golpe”­- hice cierta amistad con Miquel Roca, portavoz de CiU, de tal forma que durante años, después de mi vuelta a la enseñanza, tuvimos alguna relación epistolar. Y es que a un servidor, que anda escaso de conocimientos, le encanta la gente preparada, y Miquel, además de que era un parlamentario macizo y roqueño, sin fisuras quiero decir, era tremendamente listo; tanto lo es que ya ven, después de ser ornado como Padre de la Patria, goza de un status económico nada comparable al que vive de una pensión de maestro escuela, limosna oficial que cada día se ve mermada que por el aumento de impuestos.

            Y además, veía a Roca con una claridad de ideas digna de la mejor de las envidias, pues siendo catalán catalanista de pura cepa no era, o lo disimulaba muy bien, nacional nacionalista, o sea, independentista.

            Tan bien lo simulaba el muy pillo que un día de no sé qué año, tampoco importa demasiado la fecha -aunque fue en 1984-, fundó el Partido Reformista Democrático y colocó a don Florentino Pérez como Secretario General del mismo -el personal se codea de puta madre-  y se presentó como candidato a la Presidencia del Gobierno de España; la idea le salió mal, porque no obtuvo en el Reino de España, incluida Cataluña, ni un solo escaño. Vamos, que lo calaron de verdad y el equivocado era yo, como siempre, y si no que se lo pregunten a mis amigos literatos.

            Ahora, lo que son las cosas de la vidas y las del querer, este Padre de la Constitución, unos de los pocos baluartes de aquel consenso de 1978 y que un gran óleo de su genio y figura decora las paredes del Congreso de los Diputados se declara independentista, segregacionista y abomina de ser español; no es que me parezca bien, tampoco mal, sino que me da exactamente lo mismo pues todo el mundo tiene derecho a la libertad de expresión, aunque sean estupideces las que se larguen por la llamada “sinhueso” o lengua.

            Pero digo yo, porque no coge el Excmo. Sr. Presidente del Congreso de los Diputados una goma de borrar, preferiblemente de marca milán, y borra la firma de don Miquel de la Constitución y, de paso, retira su óleo de la Cámara Baja y lo introduce en el desván de los objetos inservibles.

            Ganaría España en dignidad, aunque eso parece importar poco al personal.

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