martes, 12 de noviembre de 2013

La cruz de la Iglesia


           Se cuenta, vaya usted a saber si es verdad, que un par de periodistas estadounidenses visitaron un cierto habitáculo, algo así como una leprosería, para hacer un reportaje y allí vieron a una joven monja untando con la suavidad del amor una especie de algodón o gasa por las heridas de unos de los habitantes de aquel hospital. Uno de ellos pensó que ya tenían el reportaje y sin dilaciones ni cuento alguno desearon entrevistar a la monja en cuestión; ella, con el pudor que otorgan ciertos hábitos, se negó a ello, pero el periodista le confirmó que nada más le haría una pregunta; con cierto recato accedió la novicia, y digo novicia porque era una principiante, entonces, sin ser una pregunta, el periodista a modo de introducción le comentó: “Mire, hermana, eso que hace usted yo no lo haría ni por un millón de dólares”; dicen que la sor en cuestión lo observó complacida y contestó: “Ni yo tampoco”. Y punto, lo han comprendido?

            Pues eso, que en la Iglesia, sea católica o no, hay gentes de todas clases; la monja de la que estamos hablando, perdón, de la que estoy escribiendo, hacía aquello por un extraño amor imposible de definir, pero lo más importante es que esa en particular lo hacía por amor.

            Y ahora nos viene Alfredo Pérez Rubalcaba a decirnos, entre otras cuestiones dignas de ser comentadas en sucesivos “copos”, que no pongamos o que van a quitar, viene a ser igual, la cruz que algunos ponen, ponemos, en la declaración de Hacienda para otorgar una limosna a esa iglesia que desinfecta, no siempre, supuraciones de pus.

            Él, Alfredo P., no dice que va a suprimir las subvenciones a la OCDE, o sea, a los empresarios, o a la casta a la pertenece, o sea, a los partido políticos, o los que toman rebujitos al compás de cigalas y lonchas de jamón de pata negra, o sea, a los sindicatos; no, lo que dice el “químico” es anular que yo, por mi santa o pecadora voluntad, coloque una cruz allí donde me dé la real gana.

            Si ésta es la vuelta del PSOE mal empezamos; verá usted, hombre de Dios o del Demonio que desaparece y vuelve cuando le conviene, oiga usted, pero escuche bien: así no vamos a ningún sitio como no sea al limbo o seno de Abraham, lugar, por cierto, que parece ocupar en exclusiva.


            

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