lunes, 18 de noviembre de 2013

La alegría



            Ha llegado el frío y veo al personal algo más triste, que ya es decir; y es que hoy, porque sí, estoy intentando desprenderme de las escamas que cubren mi yo, y ando estudiando si tengo motivos para sentirme alegre. Y en una especie de andar con los pies fríos como témpanos, no me fijo en si tengo cubiertas mis necesidades vitales, que las tengo, sino en sí estoy alegre o triste; sé que estas disquisiciones importan un bledo en un mundo de indignados e indignadas, y casi llegar a ser una blasfemia cuando la hambruna hace estragos no ya por el tercer mundo, sino hasta por esta tierra que pisamos, la nuestra.

            Pero hoy, en un intento de paseo, vi una sencilla florecilla azul tirada en el suelo a punto de se pisoteada por cualquiera de los aburridos hombres que, con las manos en los bolsillos, se dedican o nos dedicamos a “matar” el tiempo dando un pequeño paseo; pasé de largo de la delicada florecilla y, no sé por qué, sentí un escalofrío no natural, de manera que detuve el paso e incliné mi cuerpo hacia ella, la tomé entre mis manos y la guardé en unos de los bolsillos de las guayabera. Seguí caminando y noté algo así como si un ser vivo estuviese saltando dentro del bolsillo, introduje la mano y sentí un palpitar de la flor que, no sé la causa, se había hecho algo mayor. Detuve un taxi y regresé a casa al tiempo que el bolsillo de la guayabera no dejaba de palpitar por lo que me sentí obligado a cerrarlo con cremallera.

            Ya en casa, encendí este bendito ordenador, abrí un cajón de la mesa y con sumo mimo encerré a la flor en él y eché la llave. Me dispuse a escribir sobre las miserias y mentiras de nuestra sociedad, ya saben, pero no deseo embadurnar este bendito “copo”; estaba en la tarea cuando percibí que la mesa se movía y unos golpes, desde el interior de la misma impedían que pudiese escribir.

            Abrí el cajón, y allí estaba ella, la flor palpitando y creciendo de tal forma que la posé en mis manos y saltaba y saltaba y crecía y crecía. Y no sabiendo que hacer con ella, la introduje en mi boca y me la comí; comencé a escribir, pero ya no era yo el que lo hacía porque me sentí crecer. De repente estallé, y mil pétalos azules danzaban a mí alrededor; a pesar del frío reinante, abrí las ventanas de par en par y en una especie de torbellino alado las azules laminitas surcaron su camino hacia otros lugares.

            Caí en la cuenta que estaba más alegre que el sonar de un timbal, alegre porque sí, por vivir, escribir y amar. Ojalá usted, cuando vea una florecilla azul, tiene que ser azul, la recoja y viva la alegría.



           

2 comentarios:

  1. Don José, era, es, la flor del pensamiento, pero los pensamientos son como son; la flor, suelen tener un color azul violeta, lo que se relaciona con la muerte. La flor tirada en el suelo era ya una naturaleza muerta; aunque está bien que sintiese esa alegría. Porque la alegría y la muerte está dentro de nosotros. Me recuerda ese pequeño poema de una amapola que nació a través del ojo de una calavera, que se le atribuye a Quevedo: “Flor, que mal naciste- el primer paso que diste- te encontraste con la muerte,- más arrancarte, es cosa fuerte,- más dejarte con la vida- es dejarte con la muerte.”
    NOTA: Perdón, por escribir de memoria el poema con errores, y por pesado.

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  2. Don Antonio: al fin y al cabo pretendía sencillamente ser un cuento de otoño-invierno.
    Abrazos.
    Nota: Era un "pensamiento".

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