jueves, 28 de noviembre de 2013

El Técnico y el Papa



            Los pongo a los dos con mayúsculas, porque tan importante es que un Técnico en televisión como un Papa en evangelio sean fieles a sus clientelas, pues a los dos les mueve la misma finalidad, o sea, hacer felices a sus feligreses.

            Resulta que la “pastora” y un servidor, ya pasados de moda, no estamos realmente adaptados al mundo contemporáneo; vean ustedes: estamos alojados en Aguadulce en un gran hotel, cuyo nombre silencio para vergüenza de nosotros, me refiero a mi esposa Rosa Pastor, mi “pastora” para  los íntimos y, en especial, para mí, cuando después de comer unas bagatelas, ya saben: que si una pizca de ensalada tropical, algo de solomillo, unas peregrinas gratinadas y, un servidor, algo de merluza recién rescatada de la mar, que ella, mi madre, esposa, hija o hermana, un incesto si me atrevo a hacer a algo más de lo permitido, me dijo, “mira Pepe, yo me voy al hotel y allí te espero”, y así fue, mientras yo bebía, a pesar de los consejos de Mary Manito, una cariñosa mujer de raza de los mineros onubenses, un par de güisquis con parsimonia y fumándome dos malboros light exquisitos; pero ocurrió que tras hacer efectiva la “dolorosa”, la factura, busqué el hotel fantasmagórico y llegué a la 925 desde la que se atisbaba toda la belleza del Mediterráneo en un sinfín de tonalidades muy difícil de describir.

            Con cierta dificultad, ya saben, introduje la tarjeta en la ranura de la puerta que daba acceso a la habitación citada y, plaf, encontré a la “pastora” triste porque no podía ver la “tele”; intenté lo posible e imposible por acceder a la imagen, pero no hubo manera y, en un momento de riesgo, intenté ponerme en contacto para dar cuenta del problema en cuestión; apliqué un clic para encender una luz: tarea imposible. Fue por ello que me puse en manos de la operadora, la cual, con una elegancia, extraña hoy en día a este mundo, me comunicó que enviaba al técnico para dar solución al extraño problema; fue en ese momento cuando caí en la cuenta de que no habíamos colocado la tarjeta en su ranura correspondiente, hecho que hice al momento: y fue la luz, la imagen y la posibilidad de ver el Sevilla-Estoril, por lo que mi alma quedó sana de maléficos fantasmas.

            Ahora nos viene el Papa Francisco con una exhortación de nombre Evangeli Gaudium, o sea, “los gozos del evangelio” a decirnos que la Iglesia tiene que ocuparse y preocuparse de los pobres del mundo, algo que ya sabíamos algunos pero que ha tenido que venir un técnico en la materia, un jesuita, a recordarnos esa humanitaria obligación.

            Demos gracias, porque  con algo de luz ni siquiera es necesaria la presencia de técnicos religiosos o laicos.

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