miércoles, 30 de octubre de 2013

Perdonen una confesión



             Estimo que una persona se encuentra instalada en la vida pública cuando su vida está expuesta a toda clase de críticas, sean estas verdaderas, falsas o una mezcla de ambas; y se pertenece a ese gremio cuando se ejercen cargos públicos.

            Tuve, y me queda un poquito todavía de vida pública, un hálito, una pequeña puñalada más y me retiro del todo para iniciar el camino al sarcófago, lugar al que por cierto iremos todos y todas.

            Todo empezó cuando, tras la muerte del dictador Franco, por una serie de carambolas, no es el caso de contarla, me encontré con un acta de Diputado Nacional y marché a Madrid con ganas de “comerme el mundo”; falsa ilusión óptica. No tardé más de tres años en irme de UCD -lugar donde no me largaron- sino que me fui por voluntad propia al no estar de acuerdo con la política autonómica del partido de Suárez respecto a proceso autonómico de Andalucía.

            Estuve un tiempo militando en el antiguo PSA y hasta ejercí la osadía de dejarme, porque me dejé, presentar para Alcalde de esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia; eran tiempos en que los andalucistas atravesábamos el desierto con el camello a cuestas. También abandoné dicho colectivo porque no me dejaron sus líderes defender en un Congreso del partido una enmienda en la que  apostaba para que dicho partido se llamase Partido Nacionalista Andaluz.

            Aunque la política es un venenillo que se lleva dentro y uno la sigue manteniendo, fue cuando me eché de bruces en columnas y escritos para, por qué no decirlo, ir día a día echando una gota de opinión al exterior.

            Así que sin merecérmelo, no es falsa modestia, un grupo de compañeros y amigos escritores me invitaron a que presentara una candidatura para ser Presidente de la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía (caigo en la cuenta que debo a Andalucía buena parte de mis alegrías y gran parte de mis problemas). De la noche a la mañana, aunque uno por viejo ya había percibido el silbo de la guillotina camino de mi cuello, aquellos mismos que pensaron que era una persona válida para ostentar dicho cargo han pensado -a excepción de un santo varón al que han tratado como a un objeto- que ya está bien, Pepe, que a la puta calle.

            Aducen para ello que no soy diplomático (y llevan razón), que mis columnas no son atinadas (y llevan razón), que critico demasiado a la política cultural de la Junta de Andalucía (y llevan razón) y que soy un dictador (ahí no llevan ni un ápice de razón), y van de un lado para otro con reuniones secretas diciendo verdades a media, que son las mentiras más grandes, para decapitarme.

            Aunque un servidor no ponga la cabeza, lo van a conseguir; lo que nunca conseguirán es cambiarme y, cuando llegue la hora, que llegará, de tirar de papeles y nombres, lo haré. Algunos se encuentran en este chorro de columnistas, pero no se preocupen que todo se hará público.







2 comentarios:

  1. ¡Uf!
    La política, ese guasno que a tantos nos ha picado y a algunos llegó a podrir.

    Siempre adelante,
    porque el camino recto
    es el más corto.

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  2. Un buen haikus para un momento concreto es un tesoro. Gracias

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