martes, 15 de octubre de 2013

Perdón



A falta de problemas en la España de los brotes verdes, nace el viejo debate de la “alta sociedad” española: si la Iglesia debe o no pedir perdón por cooperar con Franco y sus “monaguillos”.

            En el fondo nadie lo vería mal, pues pedir perdón ennoblece y perdonar, mucho más; es por eso que se indulta y se pasa la mano a tanto desvarío acumulado. Creo que de aquella época, la de la dura dictadura, se salvan muy pocos de haber cooperado contra el “caudillo por la gracia de dios”. Excluyamos a algunos y sueltos anarquistas, un camisa azul mahón llamado Hedilla y el organigrama del PCE, instalado fuera de España, que se la tenía jurada; el resto de vacaciones, incluida la Iglesia y más, en ese más me encontraba, y la prensa y sus compuestos, concurrencia y cofradía: directores, reporteros y articulistas: todos juntos en unión salvando la bandera de la santa tradición y el cara al sol.

            Hemerotecas al canto y nos vamos a llevar cantidad de sorpresas de tanto premio añadido a currículum con el que en la actualidad se pavonea más de uno, convertido, y no lo dudo, a esto de las libertades. Qué hablar de la intelectualidad, adicta al régimen y juramentada con aquello tan raro y azul de los principios fundamentales del movimiento nacional. Los poetas, algunos, fueron hasta sonetistas del invicto guerrero del antifaz y del brazo con mano de la santa de Ávila. Y habíalos por estos lares, pero en silencio o por miedo o en asqueroso pelotilleo. Y después estaban las centurias y las escuadras, y casi todos, unos más y otros menos, disimuladamente encuadrado en las tales. El que esté libre de pecado azul en los tiempos de la “dura” que tire la primera piedra o lance la primera flecha con yugo incorporado.

            La iglesia sí debe entonar el “perdona a su pueblo”, y el pueblo el “perdona a tu iglesia, a tu prensa, a tus poetas, a tus intelectuales y a tus disimulados”. Perdón, Señor, perdón, que todos esperamos a que la diñara de natural y ya tarde y en la cama, siendo viejito, el que armó el cortejo fúnebre.

            Cuando llegaron los y las turistas (auténtica revolución que abrió nuestros ojos), la España sacra comenzó a cambiar, y los intelectuales y la prensa y los poetas y los disimulados; no mucho, pero sí algo.

            Y vino Tarancón y lo del paredón y los cristianos de la HOAC. Recuerdo las primeras minifaldas, qué primor de pecado. La Iglesia sí, y yo desde luego, y tal vez usted señor Cayo Lara: perdón.

www.josegarciaperez.com

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