viernes, 11 de octubre de 2013

12 de octubre



          Día de la raza, de la Hispanidad, de la Guardia Civil, de la Virgen del Pilar y, hoy en día, de la Fiesta Nacional (no confundir con la fiesta de los toros) son todos los calificativos que han adornado al 12 de octubre desde que tengo uso de razón, por cierto que cada vez más deteriorada.

            Quiere ello decir que nací en ese fatídico año de 1936, cuando un general, Franco, se sublevó contra el régimen legal establecido, sublevación que duró tres años y en la que la sangre de españoles regó las cunetas, trincheras y paseíllos de la muerte. Otrosí afirmo, llevo setenta y siete años de existencia y en todo este tiempo la llamada guerra civil española me ha perseguido constantemente; y ya doy por seguro que la diñaré sin que hayamos sido capaces de superarla.

            El 12 de octubre es el día en que una parte del ejército hispano realiza un desfile militar y se rinden honores a la bandera nacional; esto que debería ser un orgullo -cuidado Pepe que te tildan de facha- para un ciudadano de a pie, algo así como lo que ocurre en la vecina Francia o en los Estados Unidos de América, por poner un par de ejemplos, aquí se convierte en un extraño ajetreo donde unos aplauden y otros abuchean al Presidente del Gobierno, sea del partido que sea, mientras la chavalería lo pasa pipa viendo desfilar a la cabra de la Legión.

            Pero este año, a causa del llamado “derecho a decidir”, también esto se está empezando a poner pesado, el día puede pasar a mayores por las antiguas tierras del reino de Aragón, me refiero concretamente al lejano condado de Barcelona, donde unos partidos políticos, a las 12 del 12, se van a manifestar para decir públicamente que son catalanes y españoles.

            Aprovechando este hecho, que podría tildarse de lógico en la barriada malagueña de El Palo si un paleño afirma que es de El Palo y de Málaga, adquiere en Cataluña visos de heroicidad por una parte y por la otra, de facherío.

            Sabedor de ello, es seguro que a lo que debería ser un acto gratificante se van a arrimar los extremos y fanáticos para reventar la proclamación de algo que debía ser normal.

            En fin, confiemos en que los ciudadanos normales que deseen asistir puedan hacerlo en la confianza de que no van a ser apaleados.

            Tampoco es mucho pedir.


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