martes, 24 de septiembre de 2013

La vejez


         La vejez, como el amor, llega extrañamente de repente. Ayer me sentía joven y hoy, totalmente anciano. Y con el amor lo mismo, ayer veía las cosas comos son y hoy, como las veo. Es una extraña transformación que sacude con fuerza los cimientos de la persona; no llegan a ser destruidos, pero sí son conmovidos.

            Llegar a la conmoción del amor, tal como se entiende éste, es ya prohibitivo para una persona que camina hacia los ochenta años; aunque existen rescoldos de aquello que fue y es, pero que permanece en un estado de nostalgia.

            La vejez es presente, rabioso presente ante la que no cabe rebelión alguna; y además, si te haces el socarrón y no la deseas aceptar, llegan los que te la hacen ver, sentir, palpar e intentar que tú lo aceptes como un hecho natural.

            Lo malo que puede tener la ancianidad es tal vez que, sin tú caer en la cuenta, comienzas a estorbar a los más jóvenes en edad y, buscan por tu bien, dicen, que debes aceptarla y dar paso, en cualquier aspecto de tu existencia, a otros, a los ricos en vitalidad, a los que tienen capacidad para conseguir aquello que tú, por acumulación de años y desgaste de neuronas, ya no puedes conseguilo porque has pasado a formar parte del cubo que recoge los escombros de los que fueron.

            Y sin embargo, lo que son las cosas, ocurre que piensas, sientes y lloras; en silencio, lógicamente, porque si no te tomarían por un viejete digno de lástima y compasión. Ocurre entonces, que te quieren distinguir con títulos honoríficos que no te honran, sino que certifican la vejez y el ser ya un trasto para lo que te quede de existencia.

            Sin embargo, cada persona -sea joven, madura o anciana- tiene un ADN diferente de los otros y otras. Por ello es imposible el cambio ante lo que uno considera injusto, y presenta batalla o batallita porque a su edad le da lo mismo ganarla que perderla, porque en realidad lo que le molesta es perder la dignidad.

            Y es que cuando se pierde la dignidad, se acaba la vida.

1 comentario:

  1. Don José, este artículo que escribe lo encuentro intensamente profundo, pero cercano a la melancolía. El ser humano no es viejo hasta que no le falla la cabeza. Porque los humanos, incluso los jóvenes no podemos competir físicamente con muchos animales. Nuestro poder reside en el cerebro. Y mientras éste piense seguirá siendo joven. Vd. lo tiene en plena forma, al igual que el joven Papa Francisco, más o menos de su misma edad.

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