lunes, 16 de septiembre de 2013

"La habitación" de Antonio Hernández



        Con mis cuatro trozos de depresión urbana, algo de calderilla y un hermoso libro de Antonio Hernández, “Habitación en Arcos,  marché a refugiarme en los Montes de Málaga en la venta de una buena amiga, Raquel, con el fin de hacer una cura de tantos ángulos rectos, vértices con puntos de neón, grúas asesinas y lenguas de acerada calumnia.

            Me introduje por los parajes de Comares y arrastré mis años por un sendero que me llevó de bruces a la contemplación de una cigüeña en permanente vigilia de sus polluelos, algo parecido a aquella santa madre que, tras los visillos de la humilde ventana, seguía los pasos de sus hijos hasta que desaparecían por el recodo de la última esquina.

            Comprendí que no existe pasaje exterior sin la vivencia del laberinto interno de cada uno de nosotros; aunque bello el horizonte, lo vi sin alma y alumbré lo que tenía de desierto con la sombra del perenne recuerdo. Sombra y luz arbitraron una pizca de vida, y creo que hasta la cigüeña conjugó una nueva caricia a sus polluelos.

            Un cigarrillo y una mirada al azar a “Habitación en Arcos” me llevaron a una nueva meditación. Leí: “Yo te he visto crecer, ciudad, dentro de mí./ Crecer todos los días desde el alba naciendo,/ a esa hora que es fuente en el espacio,/ cuando el cielo en su urdimbre/ de candela que puja entre las sombras/ parece clamar algo con respecto al secreto…”. Volví a mirar a los lejos y me vi capitán de un barco con un almendro como mástil; besé el libro y adoré su magia.

            Sólo crece lo que se alimenta. La imaginación en poesía está en peligro. Una locura de falso realismo social recorre y cercena el estado de gracia de la concepción poética. Sentí un pellizco, un tirón a soñar, a crear… y escribí estas líneas.

            Arrastra “el copo” en sus artes variados pececillos. Hoy he intentado arrastrar unas líneas de poesía; esta sociedad necesita de ella, necesita un algo de conversión, o sea, pasar de ser piedra a ser carne.

            En esa posible transmutación, la poesía tiene algo que decir. “La habitación” de Antonio Hernández me ha ayudado a ello, perdonen, pues, si hoy he dejado de escribir de antipoesía, ya saben, de política.

2 comentarios:

  1. Hermoso copo.
    Detenido, me he parado a buscar donde reside el pellizco que siento tras mi ombligo llegando a la conclusión de que está conmigo, en tus letras. Que agradable resulta encontrarme dentro y a la vez fuera de mí, más acá de mi carne, más allá de este minúsculo espacio de mundo que ocupo.
    Y celebro el haberme encontrado en sus letras que vinieron junto a las tuyas.

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  2. Hermoso comentario.
    Todos bebemos de todos, y todos sentimos el pellizco, el estado de gracia, cuando nos encontramos con algo que nos hubiese gustado decir o escribir y otros se anticiparon. Eso me pasa contigo, todos debemos a todos parte de la palabra, de la voz.
    Abrazos.

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