sábado, 28 de septiembre de 2013

El ascensor



EL ASCENSOR

            Hoy he bajado, desde mi celda de trabajo, los doce pisos escalón a escalón. He preferido hacerlo por mis propios pies “cayendo en la cuenta” de lo que hacía; y disfrutando al hacerlo.

            Un día, no sé cuando, intentaré subirlos. No creo que mi viejo y gastado corazón pueda lograrlo.

            Se puede ascender o descender de dos formas: “a golpe de corazón” (escalón) o, sin aparente esfuerzo, desde el vértigo de un enorme ascensor.

            Desde hoy voy a darme cuenta de todo lo que vivo, y si ello es “ascensor” o “puro escalón”.

            Caminar “escalón a escalón” es ser consciente; sabio en el rutinario quehacer de no hacer nada; saborear el ocio y la nostalgia; añorar el pasado sin cadenas que me anclen; vivir hoy como si el mañana no existiera, y cuando llegue amarlo sin que exista el ayer; y esperar dulcemente el último atardecer.

            El ascensor no me gusta. Ninguno. Su techo y paredes están gastados de miradas de no mirar a nadie.

            Es el desierto de la no comunicación; el lugar del no encuentro de personas que buscan la llegada para dispersarse.

(De “Meditando en pecado” de José García Pérez)

            

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