viernes, 6 de septiembre de 2013

Arenas de La Antilla


            Ya lo comentaba, allá por julio, cuando recogía el viejo Toledo de la ITV para viajar hasta La Antilla; decía que en las maletas introducía todos mis problemas y, mañana, cuando regrese a Málaga, la ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia, transportaré un par de ellos más y unos poemas que confío puedan convertirse en un libro.

            Pero mira por donde, el día que dejo el ficus y la sagrada terraza de la vieja mecedora donde intentaba penetrar la niebla que habitaba en el cerebro de mi madre, mira por donde, decía, la diputación de Huelva ha organizado una carrera, la llaman “& Exhibición Nordic Walking”, que tiene la salida en el lugar en que engullo los lenguados de marras y, tras recorrer 12 kilómetros vuelven al sitio donde tropiezo algunos días con huevas de frescas lubinas, o sea, al rancho de Rafa Toscano.

            La carrera comienza a las 20:00 horas, instante en que la bajamar entra en mansa ebullición para que a los participantes les dé tiempo a ir y venir por la orilla los más, y los menos a través de marismas y dunas.

            Ese trayecto hasta el final de la lengua de playa que adorna la orilla del Río Piedras (enfrente, o sea, en la otra ribera, se encuentra El Rompido) y regreso lo he realizado, en los 44 años que llevo pasando los veranos por esta esquina de España, en dos ocasiones, y es un inmenso placer.

            A la derecha el Atlántico y el salpique de espumas por los tobillos, a la izquierda las dunas, entre ellas la gran duna roja y un bidón oxidado en el que un día grabé: “aquí te adoré”; a poco que uno derive hacia los caños y esteros se encuentra en plena marisma donde las florecillas de agua y el canto de los grillos me saben a vida y al beso escondido, jamás perdido, que dejé camino de el Puerto del Terrón, la tardenoche que de forma sagrada se manifestó Mar, aquella chica madrileña que nunca olvidaré.

            Regreso al asfalto y al Gran Vía, pero en mis retinas queda incrustado el ficus, al que prometo inmortalizar, y todo este torbellino de lienzos naturales que me acompañan día y noche.

            Confiemos en que el próximo año pueda saborear de nuevo esta maravilla; que así sea.

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