miércoles, 7 de agosto de 2013

Vivencia íntima sobre Gibraltar español



          Si no se comprende bien, por parte de ustedes, este santo “copo” de hoy, les prometo borrarme de este gustazo de escribir para pasarlo pipa.

            Corrían los tiempos del franquismo y de la pseudo falange del azul mahón; los chavales cantábamos cosas contra el imperio yanqui, ejemplo: “Menos coca y menos leche/ menos cuento y menos té/ que la juventud española/ seguirá con su café”; en los colegios e institutos el profesor de Formación del Espíritu Nacional nos enseñaba canciones como estas dos que les tatareo sobre Gibraltar; ahí va la primera: “Memoria de la historia/ que a veces tiene que llorar/ ya tocan, arrebato/ por el Peñón de Gibraltar,/ por la prisión atroz y la bandera hostil/ ya tocan, arrebato…”, pero sin duda alguna la que se llevaba el premio era aquella de: Gibraltar, Gibraltar/ tierra amada de todo español/ a mi patria le robaron/ tierra hispana del Peñón/ hoy su roca yace hoyada/ por el asta de un extraño pabellón./ Ya no suenan los clarines/ ni se escucha el redoble del tambor/ y por todos los confines/ se oye el grito de que seas español./ A la lid/ a la lid/ empuñemos de nuevo el fusil,/ que si en Rusia ya triunfó mi División/ nos es bastante nuestra hazaña/ si es inglesa la bandera del Peñón…

            Así las cosas y canciones, tendría el menda unos quince años -estamos situados, año arriba o abajo, en 1950- cuando el gobierno y el personal de centurias, escuadras, cadetes, flechas y pelayos concedió permiso para que la juventud se manifestase por calles y plazas de España reclamando un Gibraltar español.

            Y aquella juventud, reprimida pero valiente, digo lo de valiente porque se nos decía que la masturbación reblandecía la médula y, a pesar de ello, nosotros, no sé si vosotras, dale que dale, pues bien, aquella juventud, decía, se lanzó a la callé por vez primera en su vida y armó la marimorena; tanta fue la algarabía de pedradas que se armó ante los consulados y embajadas de los ingleses que los mismos que nos empujaron a manifestarnos se arrugaron y una legión grisácea nos aporreó de lo lindo; esta fue la primera vez que corrí delante de los grises, los polis de antes, queridos indignados de hoy que estáis durmiendo el sueño de los justos.

            Bueno, hoy no es lo mismo, la diplomacia manda y ahí está García Margallo, hoy ministro de Exteriores y en 1977 compañero de un servidor en el Congreso de l@s Diputad@s, intentando poner orden.

            Orden dentro de un orden, eh ministro, porque hay que salvar los puestos de trabajo del personal del llamado Campo de Gibraltar y, muy especialmente, no entrar en guerra con los británicos, pues para guerra ya tenemos bastante con la del Chelsea y el Real Madrid.


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