domingo, 21 de julio de 2013

Rodamos por la duna roja


          Paseaba hacia levante. Una ligera brisa aliviaba el calor. El paseo fue ayer, antes de la siete de la tarde. Existe un tramo en esta lengua de playa que se conoce por Nueva Umbría; hay que pasarlo para encontrase con el misterio, sea éste el que sea.

            En realidad, no tenía más sentido que la vuelta, o sea, volver a poniente e ir contemplando durante una hora la manifestación sagrada del ocaso. Y así lo hice.

            Cruzamos nuestras miradas; fue un instante, pero lo suficiente para ver sus ojos color verde agua y sus rubios cabellos. Fueron los ojos los culpables. Detuve el camino, lo pensé por mi edad, pero volví la vista atrás, su cuerpo era un desvarío de lujuria; seguí paseando y pasado unos minutos presentí su cercanía, su aroma a mar. Volví la vista y, pausadamente, seguía mis lentos pasos.

            Me detuve, y ella me pidió fuego; ya ven fuego, cuando yo era y soy un volcán apagado sin posibilidad alguna de prender. De la pequeña bolsa, extraje el mechero; encendió el pitillo y expulsó el humo que se fundió con las espumas de la bajamar.

            -Mar, es mi nombre.
            -Inmenso, contesté.
            -¿El suyo?

            Me sentí anciano, o sea, lo que soy. Silencié mi nombre pues no hacia juego con tanta belleza; el cigarrillo jugaba en sus jugosos labios y ella lo hacía conmigo. Lo sabía, a mi edad se sabe casi todo en situaciones como ésta.

            La besé con la misma suavidad con la que la mar lamía aquella blanca caracola asentada en la orilla; sonrió. Y su sonrisa se mezclaba con el pentagrama de armonía que comenzaba a reinar en aquel paraíso: la mar que jugaba a ir y venirse, la caracola que intentaba no ser penetrada en la vorágine del Atlántico, tres gaviotas que jugaban a volar planeando y la luz, la luz que en su devaneo con la luna perdía la partida.

            -¿Vamos?, me dijo señalando a la gran reina de las dunas, la roja.

            Y encaminamos nuestros pasos hacia la dicha del contacto de la carne; por un instante, dejé de ser anciano.

            Nos amamos, sin más y sin nada a cambio. Se llamaba Mar, ya os lo dije; pero lo repito: Mar.

1 comentario:

  1. Don José, hoy viene Vd. en plan Dante, hablando de su Beatriz, entre imaginada y real. Es Vd. un verdadero poeta. Por eso, creo yo, que no llegó a ser un exitoso político. A mí, como dijo Cervantes de Lope, “la gracia que no supo darme el cielo”. Soy más prosaico. Por eso le cuento una historia real de 1963. (En la Caleta de Vélez, en ésas aguas en las que arribó Cervantes escapado de su presidio de Argel). En aquellos años, aguas solitarias, conocí mi primer amor. Era Carmen, cómo no, revolcados en la arena parecíamos un solo cuerpo. Le propuse tener “ayuntamiento”, ella más joven pero más experimentada; dijo sí. Yo, algo mayor pero más torpe. Salí con frenesí hacía el agua para evitar lo imposible, el interruptus echado a la mar.

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