jueves, 25 de julio de 2013

La balada del abuelo


          Ignoro la causa por la que el día de mañana ha sido considerado como “el de l@s abuel@s”, aunque un experto en santorales me chiva que es así porque es el día de los yeyos de la Virgen María, a saber, Joaquín y Ana; oh Ana, mañana toca felicitar a algunas de ellas.

            Ser abuelo es normal cuando uno tiene hijos o hijas, pero ejercer como tal es un privilegio, al tiempo que un posible desencanto, que no todos pueden presumir de ellos.

            Un abuelo -desde este momento va implícita la abuela, pero ocurre que a la llamada arroba, ya colocada  en la segunda línea, le tengo una cierta fobia- es o debe ser el juguete preferido de los nietos, dicho sea de paso que nada más tengo dos nietas: Carmen y Elena, pero vuelvo a lo de la maldita @.

            Nuestro único deber es deseducarlos -entiéndase bien-, o sea, minimizar algo el sentido de autoridad que los padres ejercen sobre ellos; revolcarse con ellos, hacerse niño, narrador de cuentos, comprador de chuches, cómplice de sus correrías y besuquearlos hasta el hartazgo.

            Eso hice durante años y años, pero mis pimpollas tienen ya doce y quince años, y aunque sé que me quieren a rabiar ya no es lo mismo que antaño, por ejemplo cuando tenían uno y cuatro añitos y cabalgaban encima de mí y yo, al trote de mi barriga, les contaba el cuento del “caballo blanco” o “las aventuras del pescador Manolo” y, la más pequeña, mi Elena, se hacía pipí en mi estómago al tocotó-tocotó del caballito del niño Luis, el blanco, me refiero al caballo, por supuesto.

            O lo más bonito, cuando llenaba sus lindas cabecitas de pajarillos de todos colores en prevención de los buitres que ya volotean sobre la mayor y están al acecho de la menor.

            Sí amigo y amiga, ya sé que, ante la crisis económica que nos envuelve, el abuelo es uno de los grandes sostenes de hijos y nietos; lo sé y lo practico, pero nada como jugar a las comiditas con ellas, a cocer harina en forma de panecitos y, muy especialmente, sentir ese beso, oh aquellos besitos, en mis mejillas.



             

5 comentarios:

  1. Qué maravilla leer esto, y qué envidia sana de tus nietas, ya que yo por desgracia ni conoci a los míos... Besos, muchos.

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  2. ¿Te han dicho muchas veces que eres una maravilla? Pues lo eres. Estoy disfrutando leyendo, con mucha tranquilidad, tu libro. Besos, no, pues no llegan; pero sí mi recuerdo y tu gratitud.

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    1. ¡Cuanto me alegra saber que mi libro te acompaña! Llegan, los besos llegan... (por algo seguimos creyendo en la magia). Más de los mencionados.

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  3. Don José, ya sé que no fuma delante de sus nietas y lo evitará, delante de sus hijas; sólo le queda dejar de fumar delante de su sufrida señora, que lo quieren que viva muchos años para que siga disfratando. Ahora le contarán sus nietas el cuanto a Vd. el de internet, que nosotros los mayores somos más torpes para entenderlo. Suludos.

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  4. Pues no, Don Antonio; por desgracia ya fumo delante de todos y todas.

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