viernes, 26 de julio de 2013

Galicia y ...



            Terrorífico, estremecedor, imposible narrar tantos escalofríos. Galicia de luto. El Papa Francisco reza por los muertos, Juan Carlos I se desplaza para ver a los moribundos, Felipe, Príncipe de Asturias, también, y lo mismo Rajoy y una larga lista de nombres más o menos ilustres; los mandamases de las naciones expresan su condolencia a España, qué será España; emisoras de radio y televisiones taladran nuestros oídos con la macabra noticia. Todo es lógico, qué menos.

            Entre los ya fallecidos y los que quedan por hacerlo vamos a llegar, aproximadamente, al centenar o tal vez lo superemos. Los muertos son próximos a nosotros, aunque tengamos que reconocer que no es lo mismo que se muera alguien a que se nos muera ese alguien. La vida sigue, pues comemos, bebemos y dormimos, al tiempo que comentamos la desgracia.

            Nacemos para morir, ese es nuestro destino, aunque no deseamos hacerlo en un tren de alta tecnología; tal vez sea mejor de anciano o anciana, un infarto o cualquier otra anomalía que nos hiera de muerte.

            Pero los fallecidos son próximos a nosotros, el accidente ha ocurrido en una esquina de España; ellos y ellas son de los nuestros, de ahí nuestra consternación, el bombardeo mediático, la llegada de autoridades, etc.

            Todos los días mueren niños y niñas, miles de niños y niñas por la hambruna; son los niños y niñas que miran sin ver. A diario, son asesinados cientos y miles de ciudadanos del mundo por otros lugares, ya saben, Afganistán, Pakistán, Libia, Somalia, India… y por tierras extrañas que desconocemos, que no sabemos nada de sus habitantes.

            Unos, de hambre y otros, por tiranos dictadores. Nos lo cuentan en fugaces noticias que se transmiten a la misma hora en que engullimos un muslo de pollo. Nuestro estómago se ha acostumbrado a la muerte, al asesinato, a la hambruna, a los atentados y a los accidentes ferroviarios como el sucedido en Galicia, ejemplo: La India.

            La vida sigue su transcurso normal, nada tuerce el comer, beber y dormir. Galicia está de luto, sí, sin duda, y sin duda  que seguimos exactamente igual que ayer y antier, porque no se ha muerto ninguno de los nuestros.

            Perdonen la forma de señalar nuestra manera de acostumbrarnos a la  muerte; por favor, amigos creyentes, recen por los vivos que estamos muertos.

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