viernes, 28 de junio de 2013

Pagar los vicios


          Eran vicios menores, pero sin prisas y sin pausas el tabaco y los cubatas van adquiriendo la vitola de mayores; vamos que un paquete de malboro, un par de vinos y otro de gin tonic, pueden salir en un bar de barrio por quince euros diarios hasta hoy, pero a partir del sábado, una vez celebrado un nuevo sanedrín de los de las tijeras, la broma puede llegar a costar cerca de los veinte si no los sobrepasa; los que estos vicios padecemos, a la par que los disfrutamos, somos señalados por los dedos acusadores de los puros -no confundir con habanos-, y nos hemos convertidos por leyes y componendas en los nuevos leprosos y desheredados de esta sociedad rácana al máximo a la par que pagamos, sin rechistar, más impuestos que ellos para que la sanidad, pública o privada, siga tirando hacia adelante, mientras a nosotros se nos niega un buen respiradero en momentos trágicos por nuestra debilidad.

            Usted, señor Gobierno, restalla el látigo con suma crueldad sobre los débiles en voluntad y no es que nos suba el pitillo nuestro de cada día, sino que con alevosía y mala coleman nos impide unir nuestra humareda a la del humeante café y nos envía al infierno de la calle a echar la gratificante primera calada del día con el aplauso incorporado de la buena ciudadanía.

            Cómo va a ser lo mismo para un vicioso fumador, como éste que escribe sobre el pecado, ver a Jesús Navas cargarse a la poderosa selección italiana a palo seco o con pipa de chicha y nabo como mi amigo Juan que, sin dejar de ver la tele, sacar a ciega el paquete de pitillos, extraer uno de ellos y prenderle yesca al tiempo que grita ¡goool!

            Yo lo tengo claro clarísimo, para los cuatro telediarios que me quedan no hay nacido que me impida ser vicioso; si al cuerpo, después de lo sufrido, y al alma, después de lo sentido, les quito mi fiel compañero de noches de penas, me quedan tan sólo el bostezo y la sosona columna.

            Esperar es mi última misión y aunque no sé lo que espero, aunque llegará, lo haré fumando y, si es posible, con un dulce ron pampero o un sobrio güisqui, esto me lo enseñó Bogart, al que debo admiración y respeto, mucho más que a los políticos.


1 comentario:

  1. Don José, perdone, pero aquí tengo que llevarle la contraria de forma rotunda. A mí me gusta el cine negro, pero no me gusta la cultura del tabaco. Esto es como un español andaluz y no gustarle los toros ni el flamenco. Recuerda Vd. la diferencia de gustos entre Antonio Machado “Demófilo” e hijo. El padre folclorista y el hijo, enemigo de típicos y tópicos. Mire, desde el principio del siglo XX, mi tía era la única estanquera de Torre del Mar. Y yo me he criado junto a secaderos de tabaco de mi abuelo y mi padre en las vegas del Guadajoz. Sin embargo, yo no he fumado nunca. Ya sé, Vd. explica sus razones y yo le contesto las mías: Vamos a ver, ¿ve Vd, sensato fumar junto a su nieto? No, verdad, pues bien, yo veo a muchas madres llevar a sus hijos al colegio con el cigarrillo en la boca. Y la verdad, a mi esta escena no me recuerda en absoluto a la escena del café del “Sueño eterno”.
    Aquí le mando el enlace para que la pueda recordar.
    http://www.youtube.com/watch?v=FO4Vyda2ajA

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