sábado, 15 de junio de 2013

El sidecar de Cayo Lara


              Ignorando si va a ser fructífero, sí creo que es bueno para España el pacto que PP y PSOE han tejido para hacer un frente común en Europa de cara a obtener más recursos para paliar, si es posible, el dramático paro juvenil y conseguir algo de pasta para emprendedores y autónomos; que sea eficaz, ya es harina de otro costal.

            Lo que no es de recibo es la frase que ha pronunciado Cayo Lara criticando el hecho en sí y llamándolo “pacto del sidecar” en que don Mariano es el conductor y el señor Rubalcaba, el paquete.

            Tengo un cierto picorcillo en la oreja izquierda que me hace pensar que el señor Cayo, el único político que he visto cerrar un mitin leyendo a Mario Benedetti, buen detalle, sabe poco de sidecar y, lo que es peor, mucho de demagogia y mala uva porque está esperando que el sidecar se destroce, tal vez también desea lo mismo de España.

            Ignora el señor Lara que un sidecar es un artilugio de una rueda enganchado, por regla general, al costado derecho de una motocicleta, y que tanto el conductor como el “paquete” tienen que hacer auténticos equilibrios para que el invento no derrape y ambos muerdan el polvo del camino.

            “Eso de verlas venir para dejarlas pasar”, dicho de los campos de Antequera, es muy cómodo, demasiado para quiénes parecen muy comprometidos con la posibilidad de que el paro disminuya, la economía crezca y los desheredados dejen de serlo.

            Tal vez sea necesario, en vez del famoso sidecar, un taxi de cinco plazas ocupadas por PP, PSOE, CiU, PNV e IU, al menos ese quinteto, que no es el de la muerte, y que haría pensar a la españolada que, por una vez y sin que sirva de precedente, se reúnen conservadores, socialistas, comunistas y nacionalistas.

            Uf, tela lo que me acuerdo de don Santiago, aquel demonio para el franquismo que, en un momento dado, dejó gran parte de la herencia comunista para conciliar a una España dividida. Y seguro que no cerraba sus mítines con Benedettí, aunque lo hubiese leído más que Cayo Lara.

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