domingo, 12 de mayo de 2013

Y además, con dolor



          Esta sociedad nuestra camina hacia el dolor; sufrir ya se hace. No es lo mismo dolor que dolerse. Cuando uno se duele a sí mismo, sufre. Afirman los místicos de todos los tiempos que el sufrimiento bien llevado, no sé cómo, hace a la persona más fuerte. También se sufre al observar el dolor de los más próximos o ante el desamparo que algunos necesitan para tirar del carro, en fin, que lo del famoso valle de lágrimas es una realidad para una inmensa mayoría.

            Lo del dolor es harina de otro costal, si es de muelas para qué vamos a hablar; pues bien, resulta que para sanear la sanidad pública hace falta dinero en cantidad. Es necesaria la millonada de euros que se ha dilapidado en embajadas autonómicas en el exterior, duplicidad de cargos, aeropuertos inservibles, diputaciones, mancomunidades municipales y un muy largo rosario de etcéteras que pueden añadir.

            Y por ello se propició el barullo en lo de las recetas, especialmente en los más desvalidos: jubilados, ancianos y personal del curro. Los cónsules de la cosa sanitaria, la Mato por ejemplo, y los de la cuestión económica han confundido el “voltarén”, pongamos por ejemplo, con una chuchería que se le quita a un niño para que no se empache.

            La cuestión está que arde al “dolor” vivo; a pesar de ello, los economistas de Rajoy no encuentran otra solución que la de retirar la gratuidad de los fármacos vasodilatadores que recetan algunos médicos a los ancianos que tienen deterioradas las neuronas. Se afirma que no hay estudios que prueben su eficacia; tal vez sea cierto, pero alivia a los familiares.

            Han retirado del espléndido recetario oficial casi todo lo relacionado con relajantes, sedantes e hipnóticos. De relajarse, nada y de sedarse, menos. Qué sabrán estos personajes de la economía de cómo se queda el cuerpo tras ingerir dos comprimidos de azul intenso.

            O sea, que vamos al encuentro del dolor por falta de originalidad a la hora de cachear al país; pero todo ello puede resultar muy peligroso para los gobernantes, porque si quitan al personal somníferos y sucedáneos, este pueblo va a permanecer despierto y eso, a la larga o a la corta, se paga en el recetario de las urnas.

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