martes, 28 de mayo de 2013

Hasta la coronilla


          Hay de todo. Personas que gustan de las cosas a lo claro, y seres que les agrada todo confuso; como no tiempo para tonterías, solamente para ser, me agrada otra forma de comunicación; me encanta leer entrelíneas, amar entrelíneas, vivir entrelíneas.

            Es tan vulgar la anodina existencia, que se hace más tediosa leyendo, amando y viviendo todas las letras de todas las líneas de nuestro existir.

            A sabiendas, queriendo me salto las líneas que no me interesan; no es necesario leerlas, vivirlas o amarlas de pe a pa. Son repetitivas, reproducen la misma sensación ya percibida en la anterior línea, vivencia y amor.

            Mirar deprisa, a golpe de corazón, y entrever líneas que me agradan y líneas pesadamente vulgares es un sano ejercicio como lector y persona.

            Viene esto a cuento por ese tejemaneje que desde hace años, los últimos de Zapatero y los primeros de Rajoy, se traen por el Palacete de la Moncloa. Ya, por mis años, no me queda tiempo suficiente para estudiar, pongamos por caso, los estudios económicos del BBVA o del Banco de España, la esperanza utópica de los ministros Guindos o Montoro, las alternativas de Rubalcaba o el sube y baja de la puñetera prima de riesgo; me importa un bledo que los barones del PP anden a la greña por la cuestión del déficit de sus comunidades autónomas o que Cataluña se entretenga con amenazarnos desde hace treinta y cinco años con su independencia; qué decir de la Infanta Cristina y su aumento de patrimonio o de los famosos, por sobados, sobres del rico ex tesorero del PP; me acostumbro cada día más al mar de manifestaciones sanitarias, educativas y de transportes que, aunque minan en parte el Estado de Derecho, nos hemos acostumbrado a ellas como a colocarnos los calzoncillos cada día al levantarnos.

            No es bueno que don Mariano incline tanto la cabeza ante don Artur, tampoco las cabezadas de Felipe González lo fueron en tiempos de don Jordi, pero parece que inclinar la testuz nacional ante la nacionalista es algo buena si deseamos una cierta gobernabilidad y estabilidad en este país donde las organizaciones crecen como tribus.

            Por todo esto y por lo que se avecina, pienso darme casi por vencido y voy a quedarme con todo aquello que “entrelíneas” me produzca una cierta felicidad.

            Sin olvidar, quede claro, que todo lo que sigue ocurriendo en España me fastidia un rato largo, pero no voy a pasarme toda la vida cabreado: digo yo. 

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