miércoles, 29 de mayo de 2013

Con Manuel Alcántara


            Las personas siempre encontramos momentos oportunos para salir algo airosos de la problemática que nos rodea; la amistad, en estos casos, es un lugar etéreo al que aferrarnos y, más aún, cuando aquél con el que compartimos espacios de nuestras vidas es agradable, locuaz, extrovertido, buen lector, mejor escritor y exquisito poeta: es el caso del decano de los columnistas españoles: Manuel Alcántara.

            Con Alcántara, cuya vida guarde Dios y la ginebra muchos años para bien de todos aquellos y aquellas que se acercan día tras día, mes tras mes y año tras año a la eterna lectura de su columna en, la que por poeta, sabe introducir, como ningún otro, ese pellizco de fina ironía que consigue, a pesar de la lluvia de desgracias que nos inunda, obtener una sonrisa del lector adicto a sus escritos.

            Andalucía es un territorio que hemos recorrido como juglares él y quien estas líneas escribe, y es en esos instantes en que la poesía se pone reina y señora del público cuando se engrandece la figura de este malagueño que ha sabido convencer, pluma en ristre, a tirios y troyanos en el esparcimiento de un soneto bien construido y con un fondo sublime como tan sólo él sabe escribirlos.

            Ayer estuvimos ambos en un mano a mano poético en la localidad malagueña de “Álora, la bien cercada” ante un público que, huyendo del drama que envuelve a España, buscó refugio en el ritmo endecasilábico de la buena poesía de Alcántara y en el orondo octosílabo que conforma buena parte de sus inolvidables, ya eternas, maravillosas coplas a la muerte y a Dios.

            Por un momento, los presentes aparcaron sus problemáticas y, prestos, se acurrucaron en sus asientos para permitir que el espíritu, no la materia, los poseyera; y lo consiguieron plenamente a través de la fluidez de la poesía de Alcántara.

            Y como por esta tierra de María Santísima nada finaliza en aplausos y fotos, atravesamos camino de Málaga, la Ciudad del Paraíso, que dijera Vicente Aleixandre, el hermoso Valle del Azahar (del Guadalhorce) para desembarcar en un bar de barrio, el Gran Vía, donde fue el crujir de unos bichos de la mar en compañía de personas sencillas y honradas de pueblo.

            Dejé al Maestro en su querido Rincón y, regreso de Málaga, pensaba qué poco hace falta para ser feliz: un genio, unos versos, amigos y el imprescindible gin-tonic; es por ello, que esa felicidad la comparto hoy con ustedes.


4 comentarios:

  1. ¡Gracias por hacerlo Maestro! Cuanto me ha gustado leer tu tarde... Besos.

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  2. Creo que la Maestra eres tú. Hicimos lo posible para que el público lo pasara bien............... y nosotros. Besos.

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  3. Envidia, envidia sana, aparte de admiración, es lo que de verdad siento.

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  4. La verdad es que con el maestro Alcántara se pasan muy buenos ratos que, además, adornamos con algún gin-tonic.
    Abrazos.

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