lunes, 1 de abril de 2013

Dándole vueltas al tarro



           Siempre le ando dando vueltas al tarro; y no es para menos en estos momentos en que, según los creyentes, Jesús ha descendido a los infiernos, ha visto como está el cotarro y ha vuelto de nuevo al cielo con su amigo Dimas, dándonos la orden de que este infierno de injusticias que vivimos aquí y ahora lo tenemos que arreglar nosotros y nosotras.

            Las cornetas y los tambores ha silenciado, los tronos y los pasos se encuentran recluidos en sus templos, andan celebrando la Pascua, pero esto, el mundo, tanto el occidental, el emergente o el depauperado siguen exactamente igual que siempre.

            Algunos, los menos, tienen la bolsa repleta; otros, un conjunto numeroso, vamos tirando y no recogiendo; y los más, los de siempre, lo pasan putas, lo digo a lo bruto para entendernos; y así hasta los siglos de los siglos, amén.

            Aunque un hombre bueno, judío de nacimiento, dijese que no se puede adorar a Dios y al dinero, el personal de matrícula de honor se pasa el dicho por los mismísimos y, se postra, ante el Misterio de forma farisaica y ante el dinero, con todo el peso de su avaricia.

            En verdad que yo tengo mis problemas, al igual que usted tiene los suyos; pero los míos no son de orden económico, voy viviendo los días sin apreturas y, si se desea ahondar algo más, diría que con cierta holgura; pero yo no puedo permanecer como si lo del otro a mi me la trajera floja, no, no y no, eso no puede ser o no debe ser.

            Por ello estoy dispuesto a denunciar, que no es otra cosa que anunciar la verdad y, ello lo digo, porque los desheredados están en posesión de la verdad, aunque hoy en otro espacio, las llamadas redes sociales, he colgado que la verdad sin poder se convierte en un lamento, y ya está bien de tanto verter lágrimas.

            Tiene que haber solución para cambiar el sistema, para incendiar esta tierra de rastrojos, para que la esperanza dinámica se haga paso, para que la caridad se convierta en justicia y para que la dignidad venza a la humillación que, por cierto, no es la humildad.

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