viernes, 29 de marzo de 2013

Inútil plegaria



       No comprendo nada. He quedado solo. Me acompañan tu palabra y mi pensamiento. De nuevo poderes políticos, militares y religiosos te han secuestrado. Te mecen y llevan de un lado para otro. Llegan generales, alcaldes y obispos; cornetas, tambores y ejército te rinden homenaje, mientras el mendigo de la esquina espera paciente que un denario se pose en la horquilla de su mano.

            El santo Sepulcro avanza. El paso de los hombres que soportan tu peso es majestuoso. Una abuela del barrio de La Trinidad se santigua, unos novios se besan entre aromas de incienso, un árabe ofrece pañuelos de variados colores, una lágrima de cirio nazareno copula el asfalto y una saeta suplica al cielo el milagro.

            Por qué tú, hombre bueno de Nazaret, humilde artesano de libertades, has sido ejecutado por los poderes políticos y religiosos de tu época. El Fiscal Mayor del reino teocrático ha lanzado la pregunta clave: ¿En verdad, tú eres el Hijo de Dios?, lo has mirado y has contestado que sí. Has quebrado los dogmatismos establecidos para que pudiéramos proclamar, sin miedo, nuestro sueño de divinidad.

            La rica Tribuna de los Pobres silencia a tu paso. Te presiento en el silencio. La abuela de la Trinidad se incorpora de su silla de anea. Los novios se distancian. Dejo de mirar a los otros. Por un instante, me asomo para verte. Apago mi pensamiento y venero y tu imagen.

            El mendigo de la esquina sigue con su mano tendida. Una gota de cera taladra el rocío de su patena. Despierto. Me olvido de Ti. Voy a su encuentro, y en él te abrazo.

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