domingo, 17 de marzo de 2013

"Dios no se cansa de perdonar"


         En el primer Ángelus del Papa Francisco, ha anunciado a los fieles congregados en la Plaza de san Pedro que “Dios no se cansa de perdonar. Somos los hombres los que nos cansamos de pedir perdón”.

            Para ofrecernos tal información su Santidad se ha apoyado en el evangelio de hoy, concretamente en ese maravilloso pasaje de la mujer adúltera, a la que los dogmáticos de la religión imperante en aquellos tiempos quieren darle muerte a pedradas, y que Jesús, rompiendo la ley, perdona y la salva de los de la fe ciega.

            Francisco, Papa, enaltece la figura del nacido en Belén cuando en el mismo acto ha dicho que Jesús siempre tiene palabras de amor y perdón, pero nunca de desprecio y condena. Pues sí, lleva razón en la mayoría de “los dichos y hechos de Jesús”, lo que no le exime que, en momentos puntuales, un día tomara un látigo para expulsar a diversos mercaderes del templo de Jerusalén, y en otras, lanzara a los fariseos, sacerdotes de la religión judaica, piropos como: “raza de víboras”, “ciegos y guías de ciegos”, “sepulcros blanqueados” y otras frases por el estilo.

            Para un servidor, un creyente especial que no se cree todo a pie juntillas, sino que intenta conjugar razón con fe, no está muy de acuerdo en que las personas se cansen de pedir perdón al Misterio, entre otras razones porque muchas de ellas -enfermas, pobres, desheredadas, etc.- no tienen porqué hacerlo, más bien al contrario, deberían ser los que dicen representar a dicho Misterio, o sea, a Dios, los que deben inclinar la cabeza, y no dudo que lo hagan, para que sean ellos los perdonados.

            No es que me importe un bledo que el manoseado Dios perdone a tantos asesinos, dictadores, corruptos, violadores y similares especies extendidas por el mundo; pero sí creo que, sin llegar al ojo por ojo y al diente por diente, las personas, creyentes o no, estamos obligados a impartir la justicia necesaria a esos malversadores de la dignidad humana.

            Deseo sinceramente que el Papa Francisco arregle, al menos un poquitín, tanto escándalo que se cuela por los patios eclesiales.


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