sábado, 16 de febrero de 2013

Solo en la multitud



        Bien, ayer asistí al homenaje que se rendía a un amigo; aboné como mandan los cánones el precio del menú, busque la mesa asignada, la encontré y me senté en una de las sillas situadas alrededor de la misma.

            Entré los comensales se encontraba la compañera de un amigo fallecido no hace mucho. Recordé, en silencio, nuestros diálogos marxismo-cristianismo, el mundo de la poesía, la historia vivida y contada por nuestros mayores, los momentos de recreo, la copa como testigo de múltiples conversaciones, sus risas y silencios, en fin lo asimilé como presente, pero no estaba.

            Comenzó el festejo, el homenaje al otro, el paseo de muchos ante el micrófono. Me sentí extraño, mientras pasaban unos y otros. Habló el del sindicato, pero yo no soy sindicalista; pegaron diversas peroratas los de las cofradías, pero yo no soy cofrade; insistieron los de las peñas recreativas, pero yo no soy peñista; divagaron los profesores de Universidad, pero no he sido profesor universitario; validaron su presencia los socialistas, pero yo no soy socialista; convergieron en lo mismo los comunistas, pero nunca fui comunista; insistieron los de derecha, pero creo que nunca he sido de derechas; diagnosticaron los médicos, pero nunca ejercí la medicina; también pronunció sus palabras el Alcalde, pero nunca fui alcalde.

            Estaba allí con todos, pero me encontraba solo, extraño, molesto conmigo, con el segundo plato y con cierta hipocresía que rondaba por el espectáculo. Sentí deseos de irme, de salir de allí para entrar en mí, pero no era correcto; por lo que desistí. Aguanté el tipo, pues al fin y al cabo estaba allí porque quise.

            Creo que fui el primero en salir. Entré en casa y, sigilosamente, me acerque a mi mesa, arrimé la silla, encendí el flexo y el ordenador. Nadie me acompañaba, a lo sumo un cigarrillo, fiel acompañante que contigo se quema sin lamentarse jamás. Solo, ejerciendo el preciado don de intentar pensar.

            Conmigo, en íntima comunión, me siento acompañado. En mí, muy adentro, se encuentra toda la vida. Siento el corazón latir. En cada flujo y reflujo hay un nuevo nacimiento a la vida, un impulso de amar.

            Todo está dentro de mí. Saboreé la soledad añorada. Fui feliz.



             

3 comentarios:

  1. Vamos, José, que llegaste a sentir la inmensa soledad del corredor de Fondo...eso por no ser "nada" de lo que has citado, ¡si llegas a serlo! un abrazo

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  2. Pues no había caído en la cuenta; pudiera ser. Abrazos

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  3. Esa soledad añorada es la mejor compañía, ya que es el alma propia quien la llena con todos aquellos que realmente queremos a nuestro lado. Y están, aunque no estén...
    Terminó la noche bien, a pesar de todo. Me alegro. Besos, un puñao.

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