martes, 1 de enero de 2013

Mira, amor



          Mira, amor, la vida ya no es igual que antes; y sin embargo, es seguro que el cielo tiene aquel color naranja que un día, por primera vez, descubrí en el precipicio del sol hacia su cueva, pero hace tiempo que no lo veo. Verás, amor, es como si una nube grisácea se hubiese introducido en aquellas retinas con las que gocé visionando la naturaleza de forma distinta a como la veía el resto del mundo, incluido yo.

            Las olas, por ejemplo, rompían al revés, mar adentro; o aquel mimo con el que depositaba la verde manzana en la roja duna, antes de penetrar con mirada delirante la eucaristía diaria del equilibrio entre existencia y vida. Por aquel entonces, vivir y existir conjugaban el verbo amar, y todo era un reino donde el gozo perfumaba la terraza de la locura, única forma de permanecer en el paradigma de la infancia.

            Sentía la vida en el último poro de mi cuerpo, que no lo era, sino estiramiento hacia el universo del placer. Todas las palabras, incluida esa con que llaman al Misterio, Dios, tenían un sabor y color diferentes. Ahora, Dios, para mí, es un monosílabo que no rima con Amor.

            Y bien pensado, amor, no ha cambiado nada, tan sólo que el desvarío se ha convertido en cordura y, por ello, todo lo vemos lógico y desde la perspectiva del grave peso de la responsabilidad. Ya no se “cruzan mis cables” ni me tiro al suelo para jugar con aquel tren de hojalata con el que pasaba las horas en un instante de fugacidad lúdica.

            Mira, amor, hemos dejado de creer que éramos mayoría absoluta, que el mundo lo creábamos a nuestro antojo, que el volcán siempre iba a estar en ebullición.

            Creímos tanto en nosotros que dejamos de ser; pero fue bonito saber contar hasta dos. Tal vez eso sea, o fue, el infinito.

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